domingo 14 de junio de 2009

En la gasolinera

- Buenos días señor.

- Hola, buenos días. Por favor cóbrame el surtidor número cuatro.

La dependienta es una chica de alguna parte de América. Delgada, morena, con unos ojos grandes y expresivos. Se pasa la mano por los ojos para limpiarse las lágrimas. Me pregunto la razón de aquellas lágrimas. Bronca del jefe, quizás de su marido, algún problema con los hijos...

Me mira y se lanza con el guión que ha de decir a todos los clientes:
- ¿No le gustaría comprar un número de la Cruz Roja?. Le pueden tocar muchos millones.
- Si cada vez que me ofreces un número de lotería te lo comprara - le digo - hace meses que estaría arruinado.

- Así tendrá más posibilidades, señor - me contesta.
- En eso tienes razón. Aumentarían mis posibilidades. Pero, la verdad es que no necesito dinero y no creo en el que viene del cielo.
Tengo trabajo y he aprendido a vivir con lo que tengo...
- En ese caso, son cuarenta euros del gasoil - me dice la chica con una sonrisa.
- No. Cóbrame el gasoil y un número de lotería - le digo.

Anota la cantidad en la registradora, le entrego mi tarjeta y el DNI y espero a que salga el recibo. Ella me lo da, junto con la tarjeta y el DNI. Firmo el recibo y se lo doy.
- Muchas gracias - le digo -.Que tengas un buen día.

Cuando llego a la puerta la chica me grita:
- ¡Señor!. ¡Se deja el número de lotería!.
- Lo sé. Es para ti. Guárdatelo. Es tuyo.
- No puedo quedármelo.
- Desde luego que si. Te lo mereces mucho más que yo. Espero y deseo te toque una buena cantidad. Si hay algo que me parte el corazón es ver a una mujer llorando. Quizás este gesto te ayude a ver tu problema de otra forma.

La dejo allí. Se queda sonriendo.
Me subo al coche y me voy.

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jueves 11 de junio de 2009

Leandro paga impuestos

Llegó exactamente a la hora. Los funcionarios de la Oficina de Recaudación Fiscal suelen ser muy puntuales.


- Buenas tardes, señor Leandro – me dijo al abrir la puerta.
- Buenas tardes – le contesté -. Pase, pase. Está usted en su casa.
Lo acompañé al salón y le ofrecí una taza de té que aceptó. Una vez le serví su taza, se acomodó en el sofá y sacó de su cartera un ordenador portátil que puso en marcha. Miré la pantalla.

- Hombre. ¡Tiene Linux! - le dije.
- Desde luego. Todos los funcionarios utilizamos sistemas abiertos.
Hizo un clic sobre un documento y apareció el borrador de mi declaración de renta.
- Bueno. Aquí tiene el resultado de la declaración del año pasado – me dijo – si no tiene ningún otro ingreso ó deducción, la daremos por buena.

- Bueno. Este año se casa mi hija y voy a necesitar algo de dinero para costearla.
- Ningún problema, señor Leandro. ¿Cuánto calcula le puede hacer falta?.
- Yo creo que con cuatro mil euros me puedo apañar.

El funcionario seleccionó una opción en su ordenador y escribió un cuatro y tres ceros que luego validó pulsando un botón.
- ¿No quiere hacer alguna obra en su casa, señor Leandro?. Me he dado cuenta de que tiene una humedad en el pasillo...
- No. Esto lo cubre el seguro. Se trata de un escape en casa del vecino. Ya lo tengo bajo control y la aseguradora ya me ha enviado un talón.

- Esta bien. Si no tiene más deducciones, vamos al reparto. La primera pregunta es si quiere hacer donación del 0.7 a alguna Iglesia.
- Soy ateo pero me he enterado de que la Iglesia Musulmana quiere hacer una mezquita en el pueblo. Me gustaría participar. Será hermoso poder ver el minarete desde casa.
El funcionario iba escribiendo mientras yo hablaba. Cuando terminó dijo:
- Anotado. El 0.7 para la Iglesia Musulmana. Otro punto: usted me aparece como objetor en el capítulo militar. ¿Sigue sin querer aportar nada al ejército?.
- Soy antimilitarista. Sigo sin querer aportar nada.

- Anotado. ¿Nucleares?.
- Tampoco.
- Anotado también. ¿Tecnología?. Este punto se lo recomiendo. Si la inversión de este año aumenta, bajarán los precios de la banda ancha.
- Pero si hace años que no se paga Internet.
- Es verdad, pero al bajar los precios del material podrán aumentar se la velocidad de las redes wifi.
Están a punto de crear un nuevo estándar que triplica la velocidad. Además conseguiremos terminar de cubrir por wifi la geografía del país.
- De acuerdo. Marque tecnología – le dije.

- ¿Sociedad de Autores?.
- No. Este año no. No me he bajado nada.
- ¿Ciencia e investigación médica?.
- Desde luego.

- Bueno – dijo el funcionario – y la pregunta que todos contestan de la misma manera: ¿Tercer Mundo?.
- Claro. Siempre y cuando no vaya a parar mi dinero a algún dictador de esos que se lo quedan todo.
- Sobre ese particular, puede estar tranquilo, señor Leandro. Controlamos el destino y el empleo de todos los euros que enviamos.
- Bien.
- Pues ya estamos – me dijo el funcionario -. Bueno. Hay un punto que quería comentarle. Se trata de su hijo. Creo que está en el Conservatorio, estudiando violín. ¿Es así?.
- Si.

- En este caso quiero comentarle que nos han llegado noticias de que usted le ha comprado un violín nuevo.
- Es cierto.
- Si es así, debe declararlo, para que le descontemos el importe de la compra. Se trata de material muy caro – creo que le costó unos doce mil euros – que el Estado tiene la obligación de financiar, ya que se trata de material docente, como los libros de texto y los ordenadores.
- ¿Cómo consiguen pagarlo todo si incluso nos han bajado los impuestos? - pregunté.

- Pues mire: los ministros y altos cargos van a trabajar en transporte público, lo cual, por cierto les va muy bien para saber lo que piensa el pueblo; la Cámara de diputados está siempre vacía porqué sus Señorías, ahora, en lugar de viajar a la capital cada semana desde sus respectivas ciudades, hacen las sesiones por videoconferencia. El Presidente ya no viaja, a pesar de que sigue en contacto con los dignatarios de otros países, también por videoconferencia y lo mejor: ahora controlamos y cuestionamos hasta el último euro de lo que gastan nuestros políticos en el Gobierno. Se terminó eso de gastar dinero desmesuradamente como si nuestro país fuera rico. Ahora vivimos en función de lo que tenemos. Bien administrado, el dinero puede dar para vivir bien...

- Ah. Si es así, le voy a entregar la factura del violín – dije levantándome.
- No es necesario. Ya nos consta este dato – me dijo -. Bueno. Creo que ya está todo.

Se levantó y lo acompañé a la puerta.
- Señor Leandro. Ha sido un placer conocerle. A partir de este año seré su interlocutor para cualquier cosa que quiera de nuestra oficina – me dio su tarjeta -. Dentro de un mes recibirá el importe de la boda de su hijo así como la devolución del importe del violín, siempre y cuando no haya cambiado de cuenta corriente, claro.
- No. No lo he hecho. Sigo con el mismo banco.
- Perfecto. Adiós señor Leandro. Y que vaya muy bien la boda de su hija.




Señor, señor – me dijo alguien tocándome el hombro – le toca a usted.


Medio adormecido, me levanté y fui a la mesa del funcionario de Hacienda, que me esperaba con cara de perro. Miré disimuladamente el reloj mientras el hombre me sometía a una solemne bronca por haberme dormido. Llevaba casi dos horas esperando a que me atendiera.



Luego descubriría que mi contribución al Estado era de un total, entre impuestos directos e indirectos, de un sesenta por ciento.

El reparto de mi dinero, descontado lo que se llevaban los políticos (directa e indirectamente), iba a distribuirse al antojo del gobierno, como de costumbre, sin tener en cuenta los deseos de sus ciudadanos.

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lunes 1 de junio de 2009

Ramona y la firma del convenio

Sonó el teléfono.

Juan alargó el brazo y lo descolgó.
- Si.
- Hola Juan. Dentro de media hora tenemos la firma.
- ¿La firma de qué?.
- La firma del Convenio.
- ¿Te refieres al Convenio ese, en el que no me han dejado participar y que aún no he visto?.

- Venga Juan. No te lo tomes así. Además te lo he dicho mal. No se trata de firmar el Convenio. Se trata de la firma de las actas de las reuniones del Convenio.
- Vamos. Que he de firmar las actas de las reuniones a las que no he asistido...

- Ya sabes que Ramona, la jefe de RRHH fue muy concreta a la hora de elegir a los negociadores del comité de empresa.
- De eso me quejo, Agustín. No es de recibo que la empresa negocie con los representantes que elige a dedo.
- No teníamos elección. Llevan meses despidiendo y prejubilando. Todos tenemos miedo a la posible llamada de Ramona para comunicarnos el fin de nuestra relación laboral. ¿Nos vemos en la sala de reuniones?.
- Vale. Allí estaré.


Ramona estaba satisfecha. Las reuniones para la revisión del Convenio habían salido a pedir de boca.

La campaña de miedo que había extendido a toda la empresa había dado sus frutos. En los últimos meses todos los empleados se habían convertido en simples corderitos mansos, incapaces de levantar su voz por duro que fuera lo que se les impusiera. Y ese era el caldo de cultivo que quería Ramona para negociar el Convenio.

Cuando apareció en la sala de reuniones escondió su sonrisa triunfal.
Doce personas la estaban aguardando.
Abrió la carpeta que llevaba y sacó unas hojas. Las puso sobre la mesa.
- Estas son las actas de las reuniones.

Uno a uno, fueron pasando los representantes de los trabajadores a firmar. Los cinco del sindicato y los siete de la otra candidatura, triunfadora en las últimas elecciones.
- Ahora viene lo bueno – pensó Ramona. Abrió de nuevo su carpeta y tiró sobre la mesa las hojas del Convenio, diciendo :
- Ya sólo falta firmar el Convenio. Como de costumbre, tenéis que visar todas las hojas y firmar en la última.

El silencio invadió la sala. Ramona observó las miradas de los miembros del comité de empresa. Tal y como esperaba, los cinco del sindicato fueron los primeros en hablar.
- Nosotros no aceptamos el Convenio y no lo vamos a firmar.
- Me lo imaginaba – contestó Ramona -. Ya podéis salir de la sala.

Una vez se hubieron marchado los cinco sindicalistas Ramona dijo:
- Ahora se pondrán a redactar un escrito que repartirán a todos los trabajadores en el que dirán que no están de acuerdo con el Convenio y así quedarán como los buenos de la película delante de sus compañeros y también del sindicato.

Tomó de la mesa el Convenio y se lo dio al que estaba a su izquierda.
- Venga. No perdamos tiempo, que tengo mucho que hacer. Firma.

Los siete representantes de los trabajadores firmaron el Convenio. De ellos, solamente dos, los que lo habían negociado – y, por cierto, cedido a todas las pretensiones de Ramona – lo habían leído.

Los cinco restantes no tuvieron el valor para decir que no podían firmar un documento que no conocían.

Cuando Ramona llegó a su despacho era la más feliz de las mujeres. Había conseguido eliminar un sinfín de privilegios que los trabajadores tenían desde hacía muchos años.
- ¡Bien por la política del miedo!. ¡Bien por la crisis!.


Juan no pudo pegar ojo en toda la noche. Sabía que había traicionado la confianza que le habían otorgado sus compañeros de la empresa.

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