martes, 19 de mayo de 2009

Los estudiantes contratacan

El hecho de que el bar de Santiago estuviera próximo a la Universidad hacía que a ciertas horas, estuviera abarrotado de estudiantes.
Entonces Santiago se encerraba en la cocina, dedicado a preparar todos los pedidos que le iban trayendo los dos ayudantes que tenía en la barra del bar.
Cuando la situación se calmaba, solía salir a charlar con los estudiantes.

Le encantaba el idealismo de aquellos jóvenes, aquella ilusión con la que se enfrentaban con todo lo que se les ponía por delante, aquella ingenuidad con la que veían el mundo.
Algunas veces había tertulias espontáneas que Santiago solía escuchar, mientras devoraba su comida bien merecida, en una mesa, cercana a la de los chicos.
Aquel día, hablaban de la elecciones del Parlamento Europeo.

- Pues yo no tengo idea de a quién votar – oyó decir a Eduardo, estudiante de farmacia.
- Yo no pienso votar. Ningún partido merece mi confianza – dijo Elvira, futura abogada -. Prometen un montón de cosas y en cuanto son elegidos, se olvidan de sus promesas electorales. Luego, al finalizar su mandato, contratan a una empresa publicitaria y pretenden hacernos creer que han cumplido con todo lo que habían prometido a base de campañas.

- Es cierto. Quizás por eso me niego a ver la televisión. Todas las cadenas pertenecen a algún poder mediático y las noticias están amañadas y algunas veces, incluso las ocultan – Manuel estaba en segundo año de periodismo.
- Si un futuro periodista piensa eso del periodismo... - dijo Eduardo – mal andamos.
- Será por creer en una prensa libre, no condicionada a los poderes ni a la influencia de los anunciantes – contestó Manuel -. Por eso suelo enterarme de las noticias a través de Internet, buscando medios no oficiales.
- Bueno. Mi dilema sigue siendo el mismo que antes – dijo Elvira -. No tengo a quien votar.

- Lo que has de hacer es buscar en los programas políticos de cada partido aquello que esté de acuerdo con lo que quieres – repuso Manuel.
- ¿Para qué?. ¿Para que luego hagan lo que se les antoje?.
- Quizás haya un partido que cumpla con lo que promete...
- Claro – dijo Elvira -. Posiblemente porqué no ha estado nunca en el poder...
- Vamos – dijo Álvaro, estudiante de informática -. El problema estriba en que hay un montón de promesas que nuestros políticos no cumplen cuando son elegidos. ¿No es eso?.

- Si. Exactamente. Además, durante los cuatro años que pasan entre las elecciones, vamos olvidando lo que prometieron – dijo Manuel -. Recuerdo que voté al partido actual, por su promesa de cancelar el plan Bolonia y, ¡ya ves!. Lo han aplicado sin miramientos.
- Yo tengo muy claras las ideas. Por un lado quiero un partido que cuando esté en Europa haga desaparecer el Tratado de Lisboa, que luche a favor de la libertad y no se deje extorsionar por las multinacionales, que defienda un Internet libre, que esté del lado de los inmigrantes, que termine con los transgénicos, que descarte el plan Bolonia, que no exista esa doble moral de criticar las guerras mientras vende armas a los contendientes...
- ¡Vale!. ¡Vale!. En eso estamos de acuerdo todos – dijo Álvaro –. Los políticos únicamente saben hablar y no actúan de acuerdo con sus palabras. ¿Qué opinas Santiago?.

Santiago levantó la vista y dejó su bocadillo en el plato.
- Es posible que tengamos que controlar a esa pandilla de mentirosos embaucadores.
- Si. Pero, ¿cómo?.
- Con las únicas armas sobre las que no tienen poder, por lo menos de momento.
- ¿Y cuáles son? - Preguntó Álvaro.
- Hombre – dijo riendo Santiago -. Que seas precisamente tu quien me lo pregunte...
- Espera. ¡Claro!. ¿Internet?.

- Es el único lugar en el que aún tenemos libertad para expresar nuestras ideas. Y hay que darse prisa para que esto no cambie, ya que nuestros políticos actuales también quieren controlar la red. La otra arma es vuestra inteligencia. No merece la pena defender vuestras ideas a base de encierros y manifestaciones. Tenéis que pegarles allí donde les duele.
- ¿Y cómo podemos hacerlo? - preguntó Elvira.

- Haciendo acopio de aquella información que os interesa conocer y publicarla, airearla – contestó Santiago -. Por un lado podéis recoger todas las promesas electorales de cada uno de los partidos y luego os dedicáis a ir reflejando si se van cumpliendo. Cortando y pegando lo que sale por la Red, podéis ir documentándolo todo. Y con el tiempo, la ciudadanía tendrá bases para elegir quienes son aquellos que cumplen con lo que prometen y quienes no. Me gustaría pensar que pudiera llegar el día en que la sociedad votara en base a ese tipo de datos y no por la prensa y a las campañas publicitarias. Se trata de jugar con la misma moneda que ellos, pero la diferencia es que vuestra información será veraz.
- La idea es buena – dijo Manuel -. Pero es muy caro llevarla a cabo.

- ¿Caro?. No lo creo – repuso Santiago -. ¿A ti te lo parece, Álvaro?.
- Deja que piense. Necesitaríamos un programa para presentar los datos, una base de datos para guardarlos, un sistema operativo, un programa servidor de páginas web...
- Espera – dijo Santiago -. No soy ningún experto pero en casa tengo un ordenador dentro del cual tengo un sistema operativo y un puñado de programas que nunca he pagado...

- ¡Vaya piratilla, Santiago!.
- No. Se trata de Linux. Si miles de usuarios han podido desarrollar algo como Linux, que ahora puede que ya sea mejor que un Windows, ¿qué no seréis capaces de hacer vosotros?. Existe mucho software libre que podéis utilizar.
- Pues tienes razón, Santiago – dijo Álvaro -. Podríamos usar el MediaWiki, que es el software de la Wikipedia, MySql, para las bases de datos, Apache para el servidor web... Es cierto. Todo es gratuito.

- Entonces ya sabéis. Los informáticos podríais desarrollar la parte técnica, los periodistas hacer acopio de promesas e incumplimientos, los abogados recoger esas leyes que vayan desarrollándose en las cámaras y que sean contradictorias con las promesas electorales... - Santiago bebió un trago de cerveza -. ¡Que gran proyecto!. Bien aireado por Internet, podéis conseguir miles de voluntarios en todo el país. Y si funciona, pronto os imitarán en otros países. Ya nadie podrá decir, como Elvira, que no sabe a quien votar.
- Lo único importante - dijo Elvira -, es ser muy veraces. Que nadie pueda decir que publicamos información inexacta ó tendenciosa. Ha de ser información contrastable. Quizás incluyendo incluso vídeos.


Dos meses después, Santiago se enteró sorprendido de que aquella idea que había surgido en el bar, iba tomando cuerpo en la Universidad. Los mismos profesores y catedráticos de las distintas facultades impulsaron el proyecto que, poco a poco fue convirtiéndose en algo real.

Un buen día, tras las vacaciones de verano, apareció una nueva página en la red. Pronto se convirtió en una de las más visitadas y los usuarios descubrieron que podían ir aportando contenidos y validarlos a través de los diversos foros.
Funcionarios de ayuntamientos y diversos trabajadores de empresas, están aportando también documentación acerca del montón de trapicheos de los políticos.

Corre el rumor de que en algún ayuntamiento el alcalde ha tenido que retirar la fotocopiadora y obliga a los funcionarios a depositar los móviles con cámara de fotos en la entrada, cuando van a trabajar, para evitar que se aireen documentos de sus trapicheos.

Aún así siguen llegando y publicándose documentos en la web.
Al fin y al cabo la picaresca es lo que mejor dominamos en nuestro país.
Y lo mejor de todo: por primera vez los políticos se lo piensan, antes de hablar.

domingo, 10 de mayo de 2009

Martín y el mobbing inmobiliario

- Cuando la señora Magdalena pide un carajillo, algo está pasando - pensó Santiago.
Se lo llevó a la mesa y se sentó mirándola de forma inquisitoria.
- ¿Algo va mal en el asilo, señora Magdalena? - preguntó.
- No. Nuestro taller sigue funcionando, a pesar de la crisis. Nuestros muñecos se venden como rosquillas y no tenemos problemas económicos - suspiró y sus ojos se perdieron en divagaciones internas, que finalizaron con otro suspiro.
- Sin embargo... - continuó Santiago.
- Sin embargo, estoy impresionada. Apenas he pegado ojo esta noche.
- ¿Qué pasa?.

- Se trata de un nuevo ingreso. Se llama Martín y tiene unos setenta y muchos años. Llegó ayer a la residencia. Es la misma imagen de la derrota. Lo trajo la policía. Entró llorando como un chiquillo. Me acerqué a él e intenté calmarlo. Poco a poco empecé a entender sus balbuceos y me hice una idea de lo que le había pasado.

Bebió un trago y continuó.

- Llevaba años intentando defender su vivienda. Al parecer, una promotora quería hacerse con el edificio entero, para construir un edificio de alto standing. Durante años se dedicaron a hacer la vida imposible a todos los propietarios del edificio, para que vendieran sus pisos a la baja. Poco a poco todos los vecinos se fueron marchando y el único habitante del edificio que quedó, era el señor Martín. Éste resistía todo tipo de presiones simplemente por principios. Se negaba a aceptar que una pandilla de matones le intimidara. Y así fue resistiendo hasta que, hace unos días, al entrar en el portal de su casa, alguien se le acercó y le dio un golpe en la cabeza, dejándolo inconsciente. Lo llevaron a un hospital, en el que estuvo unos días y cuando estuvo ya recuperado, un informe médico declaró que el hombre estaba incapacitado para vivir solo. Como su familia no quiso hacerse cargo de él, nos lo trajeron a la residencia. Y la promotora ha conseguido que la familia venda el piso por cuatro cuartos.

Santiago se quedó pensando. Luego pidió unos cuantos datos a la señora Magdalena.

Duele mucho perder una guerra en la que sabes que la razón está de tu parte. El señor Martín estaba sentado en al jardín con la señora Magdalena. Habían pasado seis meses desde que entró en la residencia. Con la ayuda del sinfín de amigos que había hecho en el centro, había podido ir recuperando su optimismo. Ya no le importaba demasiado que una pandilla de desalmados le hubiera arrebatado su hogar. Estaba aprendiendo a conformarse.

Se fijó en el joven que entró por la verja del centro. Moreno, alto, desaliñado, llevaba tatuajes en el cuello y en los brazos no había un centímetro de piel que no llevara un dibujo. En una ceja y en el labio inferior le colgaban dos aros.

Observó como hablaba con una enfermera y vió como ella levantaba el brazo y señalaba hacia donde ellos estaban.
Luego el chico se dirigió hacia ellos.
- Usted debe ser el señor Martín - dijo al llegar.
- Si. Soy yo.
El muchacho acercó una silla y se sentó frente a sus interlocutores.

- Tengo algo para usted - dijo, mientras metía la mano en el bolsillo de sus vaqueros y sacaba todo su contenido. Papeles, una navaja, una bolsita con cremallera con el dibujo de unas hojas de marihuana, unos billeres de diez euros arrugados... Luego revolvió entre los papeles y tomó uno que se veía menos sucio y arrugado que el resto. Lo desdobló, lo miró y se lo alargó al señor Martín. Éste lo tomó y, tras leerlo, se puso a temblar. Temblaba tanto que la señora Magdalena se temió que le fuera a dar un infarto.

- ¿Por qué me das eso? - dijo el señor Martín casi sin aliento.
- Porqué eso es suyo - mirando a la señora Magdalena le explicó -. Se trata de un talón conformado de tres millones de euros, el valor del piso del que fue echado hace unos meses.
- Pero si no me querían pagar más de doscientos mil... - dijo el señor Martín.

- Usted estuvo luchando por el piso y soportó lo indecible de aquellos desalmados - dijo el joven - . Y esta lucha fue la que hizo aumentar el valor del piso a tres millones. Este cheque es de la cantidad que nosotros consideramos vale su sufrimiento de estos últimos años.
- Pero, ¿cómo...?.

- Deje que le cuente. Cuando usted fue traído a esta residencia, mi familia fue alertada por un amigo, alguien que tiene un bar. Esta persona nos contó lo que le había pasado a usted - la señora Magdalena suspiró recordando su conversación con Santiago - y nosotros y unos amigos fuimos a instalarnos en su casa. Somos okupas. No tenemos propiedades y hace muchos años que vivimos en casas que nadie usa. No vea la cara que puso el promotor cuando descubrió que de la noche a la mañana tenía siete familias ocupando la casa que quería derruir. En cuanto lo supo vino a vernos, rodeado de matones, amenazándonos con echarnos a tiros. Nosotros le dijimos que preferíamos esperar al veredicto de un juez y que mientras tanto nos íbamos a quedar en la casa. Sabemos por experiencia que una demanda por okupación puede tardar años en convertirse en un desalojo. El ganster palideció y gritando nos dijo que nos iba a sacar de la casa vivos ó muertos. Y, sin embargo, nos mantuvimos meses en la casa. Eso si. Soportando a los matones que venían a complicarnos la vida.

Los ojos de la señora Magdalena y el señor Martín parecían a punto de salirse de sus órbitas.

- Hace tres días, volvió el director de la promotora. Esta vez estaba muy dócil, pero muy dócil. Sacó el talonario y nos dijo que estaba dispuesto a pagar hasta un millón. Nos pusimos a reir. ¿Usted cree que lo que sufrió el señor Martín y sus vecinos vale esto?, le dijimos. Se levantó y se marchó. Al día siguiente regresó. Esta vez traía un talón por tres millones. Le dijimos que no aceptábamos talones. Que preferíamos un talón conformado. Volvió a marcharse enfadado. Y ayer recibimos un sobre con el talón de los tres millones, esta vez en orden. Es suyo, señor Martín. Se lo merecía y se lo ha ganado.

- Pero, ¡yo no necesito dinero!.
- Quizás su familia.
- Mi familia nunca estuvo a mi lado cuando defendía mi casa...
- Haga lo que quiera con el dinero. Es suyo. Y, por último, quiero decirle que ha sido un verdadero placer conocer a alguien tan admirable como usted, señor Martín. A mis hijos les encanta que les cuente por la noche la historia del señor que defendía su piso de unos desalmados. Muchas gracias por su ejemplo.

El joven se levantó y dio la mano a aquel hombre que ya no se esforzaba en retener sus lágrimas y lloraba como un niño.
Luego se marchó, llevándose sus tatuajes, sus aros y su ropa desaliñada y raída.

La señora Magdalena dijo emocionada:
- Creo que hacemos mal juzgando a los demás por su aspecto. ¡Que chico tan encantador!.

Y, desde luego, supieron dar un buen uso a aquel dinero venido del cielo. Ahora la residencia ha crecido. Han comprado la torre del lado - eso si, sin presionar al propietario - y han doblado el número de residentes y de enfermeras del centro.

El señor Martín se ha acostumbrado a acompañar a la señora Magdalena al bar de Santiago.
Nunca le ha dicho nada a Santiago. Sabe que a éste no le gustan las frases de agradecimiento.

Pero Santiago sabe leer en su mirada aquello que las palabras son incapaces de expresar.