domingo, 22 de febrero de 2009

Negociando el Convenio

- Mus.
- Mus.
- Mus
- Lo corto. ¿Grande? - Ramona estaba eufórica.
- Paso.
- Paso.
- Paso.
- Envido - dijo Ramona.
- No quiero.
- Yo tampoco.

- Cobro una. Por cierto, estamos dentro - soltó Ramona, dejando todos sus puntos en el centro y le hizo una seña a Luna, su compañera de juego, para que dejara sus fichas también en el centro de la mesa -. Cinco puntos para ganar el juego.

Eduardo miró sus cartas. Luego contó sus puntos y los amarrecos de su compañero. Veinte puntos en total. Tenían que reaccionar. Miró a su compañero, quien disimuladamente cerró los ojos.
- Mierda - pensó Eduardo -. Va ciego. No tiene ni una sola carta decente.

- Órdago a la chica.
- Tuyo - dijo Ramona - cóbrate.
Eduardo cobró su punto.
- Pares no - dijo Eduardo.
- Bien - sonrió Ramona -. Pares si.
- No.
- Si.
- Juego si.
- Si.
- Si.
- Si.
- Órdago a juego - se oyó decir Eduardo.
- Y a la mano con un pimiento - le contestó Ramona -. No queremos. Aún así ya os hemos ganado.

Ramona dejó sus cartas sobre la mesa.
- Yo tengo duplex y Luna unas medias. Lo cual nos da un total de cinco puntos. Hermosa muerte dulce, jeje.

Eduardo estaba de mal humor. Llevaban casi una hora jugando y no habían ganado un sólo juego.
- ¿Qué es lo que nos estábamos jugando ahora? - dijo Ramona -. Ah, si, el aumento anual. Vosotros queríais el IPC mas un cero coma cuatro. Y nosotros el IPC y nada más. Pues bien. Ya puedes anotar que prevalece el criterio de la empresa. Siempre puedes decir, Eduardo, que está motivado por la crisis.

- Insisto en que no estoy de acuerdo con este sistema para negociar el convenio - dijo Eduardo.
- No hace falta que estés de acuerdo, Eduardo - contestó Ramona -. En esta empresa prima el régimen de concesiones. No tenéis poder alguno para exigir nada. Aquí todos son jefes. Y los jefes no hacen huelga. El Comité e Empresa representa a cincuenta trabajadores, que sois los que quedáis en la empresa, descontando al personal externo. ¿Qué podéis hacer para conseguir cosas de la empresa?. Simplemente llevaros bien con ella. Ser humildes y complacientes. Y aceptar lo que os damos como algo venido del cielo, ya que no tenemos obligación alguna hacia vosotros. Lo del mus es una forma de daros alguna posibilidad de conseguir algo y no deciros no a todo. Aunque dudo que podáis ganar a una experta como yo, que llevo cuarenta años jugando. Venga. Vamos al siguiente punto. Vosotros queréis que despidamos a la gente pagando cuarenta días por año trabajado y nosotros veinte. Reparte las cartas, Eduardo.

Eduardo barajó, dio a cortar las cartas a Luna y repartió cuatro cartas a cada jugador. Luego dejó el mazo a su derecha, a la izquierda de Ramona.
Ésta miró sus cartas y dijo:
- Envido.
- Órdago - contestó Eduardo.
- Acabamos de empezar el juego - dijo Ramona indignada -, ¿quieres arriesgar?. Pues bueno. Te lo acepto. Tu verás lo que haces.
Mostró sus cartas. Dos reyes y una sota eran sus cartas más altas.

Eduardo puso sobre la mesa dos reyes y un caballo.
- Creo que he ganado - dijo -. Así que mantenemos los cuarenta días. ¿No es así?.
Ramona enrojeció. Luna pensó que le iba a dar algo.



Santiago estaba sentado frente a Paco. A ambos lados estaban Eduardo y Luna. En el centro de la mesa un gran plato de pulpo a la gallega.
- ¿Cómo ha ido la negociación del Convenio?.
- De maravilla - contestó Eduardo -. Salvo lo del aumento, lo hemos conseguido todo. Gracias al entrenamiento que hemos hecho los últimos meses con vosotros, jugando al mus. Millones de gracias, Paco y Santiago, por vuestra ayuda.

- ¿Y tu, Luna?. Tu jugabas con tu jefa...
- Y me descartaba siempre que podía de las mejores cartas. Creo que aún así, Ramona no se ha dado cuenta. Hice muchos puntos para que no se notara. Eso si. En juegos en que era indiferente ganar ó perder.


Ramona no podía dormir. No paraba de darle vueltas al asunto. ¿Cómo le iba a explicar al director que había negociado y firmado un Convenio Colectivo con tantas concesiones para los trabajadores, después de decirle que se iba a merendar al comité durante las negociaciones?.
Por primera vez en su vida, se sintió cansada.
Por primera vez en su vida, deseó prejubilarse.
- Uf - pensó -. Menos mal que me pagarán cuarenta días por año...


El mus es un juego español de cartas. Lo he utilizado aquí, precisamente porqué a alguien que no lo conozca le parecerá que las palabras y las expresiones ("envido", órdago","estar fuera", "estar ciego", "a la mano con un pimiento", "amarreco") tienen un cierto aire surrealista, como que la propia situación de la negociación del convenio.


Por cierto, vale la pena conocer y jugar al mus. Es, posiblemente, uno de los juegos más amenos que existen.

domingo, 15 de febrero de 2009

Luna y la crisis

Una vez a la semana, Luna iba a comer con Ester. Los miércoles salían de la multinacional y se dirigían al bar de Santiago.
Luna no quería perder contacto con Ester ya que su conversación la ayudaba a enfrentarse con las miserables actuaciones de Ramona, la jefa de personal y su jefa de departamento.

Últimamente no estaba de demasiado buen humor, porqué Ramona estaba eufórica. Pronto descubrió la causa: la crisis le estaba sirviendo como excusa para reducir el personal en la empresa.
- Las circunstancias nos han dado la oportunidad de limpiar "lastre" - decía -. Si nos atenemos a las leyes, he hecho un cálculo y podemos sacarnos de encima a unos ciento cincuenta durante este año, sin tener que presentar un ERE. ¿El comité de empresa?. Esos siempre han comido de mi mano. Sólo sirven para organizar viajes y algunas salidas al teatro. ¿Qué peso pueden tener en un lugar en el que hay un sesenta por ciento de jefes?. Ninguno. Está claro. Tenemos demasiada gente mayor y la mayoría están quemados. Hay que largarlos.
- Tampoco me extraña demasiado - pensaba Luna -. Cualquiera de ellos ha sido víctima y testigo de varias reducciones de plantilla en los últimos años. Hace años que viven con el miedo a ser despedidos. Desde luego, es preferible contratar a un chavalillo joven que no conozca la empresa y que esté dispuesto a "comerse el mundo".

Ramona se estaba saliendo con la suya y este mes se habían "marchado" quince personas. Para conseguirlo, envió un correo a todos los jefes diciéndoles que se lo montaran como quisieran pero que tenían que "prejubilar" a los mayores de cincuenta y cinco años que aceptaran las condiciones de la empresa.
Unos jefes optaron por sugerir a sus subalternos esa posibilidad. Sin embargo otros prefirieron obligarles a que se fueran. Quizás por quedar bien ante Ramona ó tal vez para eliminar aquellas voces, algunas veces disidentes a su autoridad.


Luna iba callada, a solas con sus pensamientos, con Ester a su lado.
Al llegar se sentaron en la terraza del bar de Santiago y éste les puso dos cervezas y les entregó la carta.
Una vez encargada la comida Luna se levantó y fue a una mesa vacía de su lado a coger el periódico. Luego regresó.

- No te noto muy animada, Ester - dijo.
- La verdad es que no lo estoy - contestó ésta -. Ayer se marchó Tomás Mendizábal. Le tenía mucho cariño. Al fin y al cabo fue él quien me enseñó todo lo que sé de mi trabajo. Era un hombre encantador. Siempre me ayudaba e incluso daba la cara por mi, cuando cometía un error. Todo el departamento lo apreciaba. Siempre estaba sonriente y siempre tenía alguna frase hermosa para los demás.
- Lo recuerdo. Era un ser maravilloso.
- Pues lo echó el jefe. El muy animal no tuvo otra ocurrencia que plantarse delante de su mesa y decirle delante de todos que era un inútil, que no cumplía con las previsiones y que fuera a personal a negociar su prejubilación.
- Me enteré por un compañero. Me dijo que lo vio llorando, tras firmar el finiquito - dijo Luna.

- Pobre hombre. ¡Que pena!. Y que pena para el departamento. Sin Tomás ya no es lo mismo. Ahora me estoy dando cuenta de lo necesario que era. Ahora estoy descubriendo que necesitaba a alguien como él para tirar adelante - una lágrima asomó en un ojo -. Él me infundía ilusión por lo que hacía, por muy estúpido que fuera. Ahora no tengo a nadie como él. No sé como podré continuar sin aquella fortaleza que él me contagiaba.
- Ánimo, Ester. Ya verás como sigues adelante. Tu eres fuerte - Luna dejó el periódico sobre la mesa y le tomó la mano -. Ya sé que no estoy en tu departamento pero me tienes a tu lado para cuando estés mal.

Ester lloraba y Luna no sabía cómo consolarla. Miró hacia la mesa y entonces su corazón dio un vuelco.
Vio un nombre en el periódico: Tomás Mendizábal. Lo cogió y se puso a leer la noticia en la que aparecía el nombre.
Estaba en la página de sucesos. Había caído desde un séptimo piso y todo apuntaba a suicidio.

Cuando Santiago llegó con los primeros platos, las dos chicas estaban llorando.

sábado, 7 de febrero de 2009

El rey mujeriego

- ¿Cómo no he sabido nada?.
Blancanieves, la reina, estaba enfurecida.

El presidente del gobierno la miraba, atemorizado. Hacía años que el rey tenía una aventura con una mediocre actriz, cuyo único mérito en las tablas había sido mostrar su anatomía en público.

La semana anterior, tras la ruptura del rey con su amante, ésta había acudido a la prensa para comunicar que tenía unas fotos comprometedoras del monarca en su dormitorio. Y, a pesar de que en el reino la constitución prohibía la publicación de cualquier artículo contra la corona, varios periódicos habían publicado la noticia.
La fiscalía demandó a los periódicos pero ello sólo sirvió para que la noticia se propagara aún más.

A pesar del mal trago que estaba pasando, el presidente del gobierno no pudo dejar de maravillarse por lo hermosa que estaba la reina cuando se encolerizaba. Sus mejillas, ya de por si rosadas adquirían un tinte rojizo; sus ojos se agrandaban y mostraban un brillo verdoso; sus dientes, perfectos mostraban una blancura deslumbrante; su respiración agitada hacía subir y bajar sus pechos bajo aquel vestido ajustado...

- Cielos - pensó, notando como algo en él se endurecía -, ¡que guapa es!.

- ¿Cuánto le ha costado al erario público esta aventura de mi marido? - preguntó Blancanieves.
- Bueno... Unas trescientas mil monedas de oro...
- Lo cual explica - dijo la reina - esa obsesión que tiene el rey por declarar la guerra al país vecino. Quiere recuperar el dinero como sea y tapar sus dispendios. ¿Cómo ha podido gastar tanto dinero en una mujer?.
- Supongo que la mayor parte del gasto se debe al castillo que le hizo construir. También en pagar la gran cantidad de personas que tiene a su servicio, a las carrozas que le regaló, a los muchos vestidos que le compró, a las fiestas...

- Pues hemos de hacer algo al respecto, señor presidente. Me niego a dejar que los súbditos se embarquen en una guerra por culpa de la prodigalidad del rey. De momento, lo que tiene que hacerse es retirar la demanda que ha puesto la fiscalía a la prensa. Si el rey no se comporta como merece su rango, no tiene que ocultarse al pueblo. ¿Se encargará de ello?.
- Desde luego majestad.
- Bien. Esta noche cenará conmigo y decidiremos lo que vamos a hacer.
- Como quiera, majestad.


El presidente del gobierno no acababa de creérselo. La cena había sido perfecta. Los manjares exquisitos. El vino, único. La conversación excelente. Nunca hubiera pensado que la reina fuera tan buena conversadora. Su inteligencia aparecía con cada una de sus frases. Su mirada era cautivadora, su sonrisa deliciosa. ¿Cómo podía ser que el rey tuviera amantes mediocres con una esposa tan maravillosa?.

Allí, en el lecho real, tras dos horas de amor, el presidente del gobierno, acariciando la espalda desnuda de la reina, se preguntaba si estaba viviendo un sueño ó era realidad aquel instante. Pasó la mano por la espalda de Blancanieves y sintió sus vértebras bajo aquella piel suave como el melocotón.

Ella, medio dormida, le abrazó.
- Si eres tan bueno en tu trabajo como en la cama, el país tiene la prosperidad asegurada.
- Gracias majestad.
- Acuérdate de lo que hemos hablado durante la cena. Quiero que lo hagas rápido.
- Ahora mismo me pongo...
La reina acarició su pecho. Luego bajó la mano hasta el ombligo y continuó bajándola hasta su entrepierna.
- Creo que el decreto tendrá que esperar un poco - dijo Blancanieves con una sonrisa pícara -. Acabo de descubrir un gran tesoro...


Cuando se promulgó la ley, el rey estaba de cacería por los montes de un país vecino. Llevaba horas persiguiendo a un oso que corría tambaleándose y dejando atrás un fuerte olor a aguardiente.

El castillo construido para la actriz fue transformado en un centro cultural que organizaba frecuentes congresos.
La amante del rey tuvo que malvender todos los regalos del rey para devolver el dinero a las arcas del estado y aún así su deuda era astronómica.

Fue a vivir a una casa en el bosque, lejos de las miradas rencorosas de la gente.

El rey no tuvo más remedio que aceptar los hechos consumados. Lo cierto es que sigue intentando volar de flor en flor, sin conseguir los resultados esperados. Quizás por el castigo ejemplar de la actriz...

El presidente sigue al mando del país. Y nadie sabe cómo, pero la reina está informada de todo.
Ella es ahora muy feliz. A pesar de que ya no duerme con el rey.

En dos años -nadie sabe cómo ha conseguido el dinero- la actriz ha devuelto toda la deuda.

Quizás los más beneficiados sean siete mineros enanos que viven también en la casa del bosque.
Por cierto, han cambiado sus hábitos.
Cada día van a trabajar seis de ellos.
Uno -siempre es uno diferente- , se queda en casa durmiendo.
Está demasiado cansado, tras su noche con la actriz.