domingo 30 de noviembre de 2008

Ernesto y el atracador

Por regla general es difícil hablar cuando alguien te apunta con una pistola.

Sin embargo, Ernesto no se sentía cohibido por el arma de fuego.
Al entrar en el banco, para sacar dinero, ya le pareció que algo pasaba ahí.

Cuando se dio cuenta, un hombre encapuchado lo empujó a una habitación en la que había una gran caja fuerte.
- Ábrela - le dijo el enmascarado.
- Vale. Dame la clave.
- ¿Cómo?. ¿No la sabes?.
- Pues no. Da la casualidad de que no trabajo aquí. Y si trabajara, dudo que la supiera. Se da la circunstancia de que los banqueros, como buenos ladrones que son, no se fían ni de sus empleados. Supongo que este trasto debe tener apertura automática. Por lo menos así es en las películas.
- Ese cabrón del director nos ha engañado - dijo el encapuchado. Asomó la cabeza fuera de la habitación y gritó a su compañero -. Traeme al director.

Al momento entró de un empujón una persona maniatada, que fue a parar al suelo.
- ¿Dónde esta el cajero? - preguntó el ladrón -. me dijiste que era este tío.
- Lo dije para ganar tiempo. En estos momentos debe estar la calle atiborrada de policías, ya que pulsé el botón de alarma.
- Simpático el cabrón - dijo Ernesto.

- Cabrón es poco. Tenías que haber visto a la mujer que salió de su despacho cuando entramos - dijo el ladrón -. Salía llorando. Resulta que es una empleada y este cerdo la acosaba sexualmente.
- Ese no es tema vuestro - dijo el director -. Hago lo que quiero con mis empleados.
- Y yo hago lo que quiero con los directores maniatados - dijo Ernesto.

Se aproximó a la mesa y cogió la cuchara de un plato que había con una taza -. Solicito permiso para sacarle un ojo de ese cabrón.
Se aproximó al director, que echó la cara hacia atrás. Acercó la cuchara al ojo y se quedó esperando la respuesta.
- ¿De qué lado estás? - dijo el enmascarado.

- Del mío. Conozco a estos psicópatas. He tenido que aguantar a uno, durante muchos años. Ahora ya no lo tengo de jefe, pero odio pensar que éste y otros cabrones campan a sus anchas abusando de su autoridad, con el silencio cómplice de sus jefes y empleados. Déjame vaciarle un ojo.
- Mejor que no - dijo el ladrón -. Que luego me da por marearme.
- Menudo finolis. ¿Y tu eres ladrón de bancos?.
- Chico... Es la primera vez. Mi hija tiene una enfermedad y, estando como estaba, en el paro, tenía que conseguir dinero como fuera. He de llevarla a Estados Unidos para que la operen.
- Sospecho que se te han complicado las cosas, si es cierto que ahí fuera está la policía.

Como para dar la confirmación a sus palabras, comenzaron a oírse sirenas, fuera del banco.
Ernesto se levantó y fue a la mesa.
- ¿Quién es el que está contigo? - preguntó al atracador.
- Mi cuñado. Le pedí que viniera.
- Pues llámalo. Dile que venga.

El encapuchado fue a la puerta y llamó a su compañero. Ernesto se acercó por detrás y le sacudió un golpe en la cabeza, con un cenicero de metal que había cogido de la mesa. Lo ayudó a caer al suelo y cuando llegó su compañero le atizó también.
- Bien hecho - dijo el director -. Por un momento pensé que me ibas a sacar el ojo.
- Gracias -. Ernesto salió de la habitación y a poco regresó con unas cuerdas. Luego se puso a atar a los dos ladrones. Cuando terminó, cogió las pistolas y las inspeccionó.
- Um. Cargadas - sacó el cargador de una de ellas y vació la recámara.

Se puso la otra en el bolsillo.
- Desátame. Voy a llamar a la policía - dijo el director.
- Primero es lo primero. Quiero liquidar mi cuenta.
- ¿Cómo?.
- Me vas a dar todo el dinero de la cuenta. Date la vuelta.
El director se dio la vuelta y Ernesto lo desató. Luego sacó la pistola y echando el gatillo hacia atrás le dijo, apuntándole con el arma.
- Venga, Cancela mi cuenta y dame mi dinero.

El director se sentó en la mesa y se puso a teclear en el ordenador, mientras Ernesto lo observaba. Al terminar fue a la caja fuerte y la abrió. Sacó unos billetes y se puso a contarlos. Al terminar se los dio. Éste cogió un sobre de la mesa, metió dentro el dinero y también el resguardo del abono. Luego puso el sobre en el bolsillo de uno de los ladrones.
- ¿Qué está haciendo?.
- ¿Que qué estoy haciendo?. Estoy intentando poner un poco de justicia en el mundo. Llevo demasiados años viviendo una injusticia tras otra. Estos tíos no se merecen pasar el resto de su vida en la cárcel. Está la vida de una niña en juego. Voy a intentar arreglar un poco las cosas. Por un lado, estoy dando a estos hombres una segunda oportunidad. Y por el otro lado, yo ya he tenido suficiente. Si tuvieras una esposa como la mía lo entenderías. Si hubieras tenido una mierda de trabajo como el que he tenido, lo entenderías. Estoy harto de malvivir. Y estos hombres me han dado una buena razón para que mi vida no sea un auténtico fracaso. Por lo menos mi muerte, servirá de algo.



La calle estaba repleta de policías.
Tras muchas negociaciones, salieron dos hombres del banco, ambos encapuchados. Uno llevaba una pistola en su mano derecha. La policía los apuntó desde detrás de los coches que rodeaban el banco.
El otro hombre, se quedó mirando. Sonrió y metió la mano en el bolsillo. Cuando la sacó, relució una pistola.
Fue entonces cuando la policía empezó a disparar.


Una vez liberados los rehenes, la policía recogió los cadáveres. Estaban tan acribillados que tardaron días en reconocerlos.
El informe forense dejó intrigado al inspector que investigó el robo.
Uno de los dos ladrones era el director del banco. Su pistola estaba descargada y enganchada a su mano con cyanocrilato, pegamento rápido.
La pistola del otro cadáver también estaba descargada.
Llamaron a los testigos, quienes acudieron a comisaría a declarar. Los empleados dijeron que les pareció reconocer la voz del director en uno de los los encapuchados.

Dos de los testigos no acudieron a comisaría.
Estaban volando a Estados Unidos con una niña enferma.

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domingo 23 de noviembre de 2008

Antonio el abogado

Antonio llegó en su BMW a la multinacional, a eso de las nueve.

Una vez dejó el coche en el aparcamiento subterráneo, subió en ascensor hasta la planta en la que trabajaba.
Fue a su mesa. Verónica ya había llegado. Se sentaba en la mesa de su derecha. La saludó mientras ponía en marcha su ordenador.

La jornada prometía ser difícil.
Para empezar el día, había recibido una bronca de su esposa por no haber hecho arreglar el escape de agua de la cocina.
Tanto Antonio como su esposa eran abogados. Ella ejercía en un bufete y él sólo lo hacía ocasionalmente, ya que su trabajo en la multinacional no tenía nada que ver con su carrera.
Sin embargo estaba colegiado y daba asistencia legal a cualquier trabajador de la multinacional que se lo pidiera.
Eso si, siempre y cuando el asunto fuera poco complejo y no requiriera asistir a los tribunales.
Un pluriempleo curioso, ya que en la misma jornada laboral atendía ambos trabajos.

Se levantó y dirigiéndose al ascensor, repasó la lista de posibles víctimas. Lo prioritario era encontrar a alguien que le arreglara el escape de la cocina.
Tenía dos posibles candidatos en mantenimiento. Personas a quienes había dado asesoramiento legal y que por ello, estaban en deuda con él.
Bueno. En realidad ellos le habían pagado el asesoramiento legal, nada barato por cierto, pero aún así consideraba Antonio, seguían en deuda con él.

Entró en el taller de mantenimiento. Allí estaba Manolo.
Manolo ya había estado en un par de ocasiones en su casa, solucionándole algún problema.
- Hola Manolo - le saludó.
- Hola.
- Oye Manolo. Tengo un problema en casa. Tengo la cocina inundada. ¿Podrías acercarte a echarle un vistazo?.
- Mal lo veo. Esta semana y la que viene me tengo que quedar aquí haciendo una instalación.
- ¿A qué hora saldrás?. No me importa si vienes a las tantas.
- Saldré muy tarde. A eso de las doce ó la una de la madrugada.
- ¿Y el sábado?.
- El sábado también estaré aquí todo el día. Y el domingo.
- ¡Que mala suerte!. ¿Y Paco?. ¿Me puede ayudar él?.
- No lo creo. Estará conmigo, instalando la maldita máquina.
- Bueno. Que le vamos a hacer. Hasta luego.

Se marchó del taller y subió a su planta. Se sentó en su mesa y se puso a trabajar.

Abajo, en el taller, Manolo le decía a Paco.
- No veas quien ha venido: Antonio.
- ¡Uf!. Marrón al canto. ¿Qué quería?.
- Que fuéramos a su casa a arreglarle un escape.
- ¿Gratis como siempre?.
- Pues claro. Este tío es un tacaño de cuidado. Le he dicho que teníamos que hacer una instalación hasta las tantas, durante dos semanas.
- Menos mal. Gracias tío. Te debo una.

Durante la mañana, Antonio se dedicó al trabajo. Hizo un alto a eso de las once para atender a una posible cliente. Desgraciadamente el caso era complejo y prefirió traspasarlo a un excompañero de facultad, a quien le transfería los casos que él no podía atender.
De regreso a su mesa, llamó a su colega para decirle que le pasaba a una cliente y que se acordara de enviarle la comisión habitual.
Siguió trabajando hasta las dos.

Luego fue al restaurante. A esa hora solían ir a comer los informáticos de la empresa. Y era su ocasión para dejarles su portátil, que tenía problemas.

En el restaurante, los informáticos ocupaban una mesa.
Entre risas, uno de ellos vio llegar a Antonio al self service.
- A propósito. ¿Quien necesita a un abogado? - dijo a sus compañeros.
- ¿Viene con clienta? - preguntó alguien.
- Me parece que no. Viene solo. Sospecho que tiene algún problema y quiere ayuda.
- Pues yo me niego a ayudar a ese jeta. ¡No es capaz ni de invitar a un café!. Siempre va con su moneda de veinte céntimos y nos toca a nosotros invitarle.
- Además de arreglarle su ordenador...

Cuando llegó Antonio a la mesa, todos se estaban riendo.
- Hola. Ya veo que no perdéis el humor.
- Claro que no. En esta casa es imposible perderlo.
- Por cierto - dijo Antonio -. Tengo un problema con el portátil. ¿Quién entiende de portátiles?.
Se oyeron risas por lo bajo. Alguien contestó:
- Todos entendemos de portátiles. Pero, tal como están las cosas, no tenemos tiempo para nada.
- Bueno. Si queréis os dejo el portátil y ya me lo arreglaréis cuando tengáis un rato.
- Imposible. Los jefes están controlándonos. Si nos pillan haciendo un trapicheo, lo tenemos claro.

- Bueno. Quizás en otra ocasión - dijo Antonio-. Por cierto, Mercedes. ¿Podrás mirar mi móvil?. Se lo dejé a mi hijo y ya no me funciona.
- Yo solamente sé poner la tarjeta sim dentro. Quizás Luis pueda hacer algo.
- ¡Luis! - llamó Antonio a la persona que estaba sentada en el otro extremo de la mesa -. ¿Podrás ayudarme con el móvil, que no me funciona?.
- Claro - contestó él -. ¿De qué marca es?.
- Es un Motorola. Un V3.
- En este caso no puedo hacer nada. Esos móviles van con tornillos que requieren herramientas especiales que no tengo. Lo siento.


Por la tarde, Antonio estaba de mal humor. A sus fallidas gestiones, también le cayó una buena bronca de su jefe.
En su mesa, irritado, miró a Verónica. Ésta se sintió observada y le miró. Luego le guiñó el ojo.
Antonio se lo pensó un momento. La miró y le hizo otro guiño.

Ella se levantó y salió del departamento, mientras él miraba su reloj.
Pasados tres minutos, se levantó y, tras tomar una llave del cajón salió de la sala.
Cuando llegó al almacén del material publicitario, ella le estaba esperando. Puso la llave en la cerradura y abrió la puerta.
Entró detrás de ella. Cerró la puerta y la abrazó. Luego empezó a quitarle la ropa.

Media hora después ya estaban ambos en sus mesas, como si nada hubiera pasado.
Pero había pasado algo.
Antonio miró a Verónica que estaba tecleando en su ordenador.
Llevaban años manteniendo esa relación y siempre en aquel almacén. Prácticamente, desde que ella se separó. Recordó la primera vez que la llevó al almacén y su primer beso...
Ahora ella sonreía, con aquella sonrisa irónica que él tanto odiaba.
- Lo que me faltaba - pensó -. Tenía que ser hoy mi primer "gatillazo".


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lunes 17 de noviembre de 2008

Cadena de favores

Nickosss me ha incuido en su cadena de agradecimientos y, ¿por qué no?, voy a cumplir a rajatabla con las reglas que me ha enviado y que pongo a continuación:

1) Enlazar a la persona que nos invita.
2) Enumerar 6 cosas que nos hagan felices.
3) Hacer constar las reglas.
4) Elegir a 6 personas que pensemos que no van a cortar la cadena.
5) Hacérselos saber feacientemente en su blog.

Hasta aquí la materia fácil. Ahora viene la parte problemática.
Así, para empezar, dos puntualizaciones:

Dejar claro que siempre he considerado que la felicidad es una actitud ante la vida.
Siempre procuro que mi felicidad no dependa de lo que recibo de los demás.

Dicho lo cual, puedo decir cuales son las cosas que me llenan de satisfacción (ó de felicidad, según se mire).

1. Poder ser yo mismo, en todas las situaciones, sin juicios propios ni ajenos. Saber que es esa misma, la razón la que me ha dado buenos amigos.

2. Una noche durmiendo abrazado a mi amorcito argentino, sabiendo que habrá muchas noches más.

3. Ver como mis hijas van saliendo adelante con confianza en ellas mismas y con el corazón por delante.

4. Notar como mis ojos se llenan de lágrimas al escuchar el aria de una buena ópera, sentir paz al escuchar el Parsifal, sentir el dolor de Wotam al despedirse de Brunnhilde, la tristeza de un Blues, el desgarro de un tango, el colorido de una sonata, la profundidad de una sinfonía, la expresividad de un concierto...

5. Ese sentimiento de rabia que sientes cuando pasas la página de un libro, sabiendo que te queda una página menos para llegar al final. Es señal de que estoy disfrutando con su lectura.

6. Esa reacción cada vez más perceptible de la sociedad para empezar a rechazar la guerra, a no creer demasiado las palabras de los políticos y exigirles honradez, en buscar la solidaridad hacia otros pueblos, a cambiar en el trabajo las tácticas antiguas que algún imbécil llamó "cultura de empresa" , en denunciar a los psicópatas... Son pequeños cambios, pero reflejan que el ser humano evoluciona algo.



Dicho lo cual, solamente me queda por proponer la asignación de trabajo a seis personas.
Propongo pues a:

Cornelivs
Miguel
Jmdedosrius
Sil
Sauvignona
Beatriz

Siento daros trabajo extra. Pero siempre es una forma de que podamos conocernos mejor.
Un abrazo.

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lunes 10 de noviembre de 2008

Las ventajas de la organización

Los payasos estaban teniendo verdadero éxito.

Unos cien niños reían y aplaudían.
Le gente que pasaba por allí se detenía y se quedaba mirando aquella actuación, sentándose algunos de ellos en el suelo, con los pequeños.
Cuando los cómicos terminaron, apareció un mago, que en pocos minutos dejó asombrados a los asistentes.

En otra parte de la gran sala, unas diez personas estaban sentadas alrededor de una mesa.

- ¿Cómo van los turnos? - preguntó uno de ellos.
- De momento bien, jefe, sin problemas. Se están cumpliendo todas las peticiones, conforme a lo previsto. Los taxis van saliendo con regularidad.
- Fantástico - dijo el señor Palomares -. ¿Ha habido algún problema para salir?.
- Alguno, al principio. Pero nos han echado una mano desde la embajada. Sin la ayuda de ellos, no hubierámos podido salir del recinto.

- Bien. ¿Quién era el experto en informática? - preguntó Palomares.
- Yo -dijo un joven.
- ¿Tenemos Internet?.
- Si. Ya he conectado mi portátil a la red wifi de aquí.
- Perfecto. Ahora tenemos que enviar una nota de prensa a los principales periódicos y cadenas de televisión. ¿Quién es el relaciones públicas?.
- Yo - dijo la mujer sentada a su derecha.
- Pues ahora le corresponde a usted redactar el comunicado. Sobre todo haga incapié en nuestra situación. Tesorero, ¿cómo andamos de fondos?.

- Bien. Acabamos de tener un ingreso importante, gracias al detalle que tuvieron los payasos de poner un sombrero donde estaban actuando, ¡nos lo han llenado!. De momento, podemos hacer frente a nuestros gastos. Taxis, visitas guiadas y restaurantes. Por cierto, tengo que transmitirle una petición que me han hecho.
- ¿De que se trata? - preguntó el señor Palomares.

- Se trata de los recién casados, los López. Un gran número de personas me ha preguntado si es posible reservarles una mesa en el Maxim's, paseo en Bateau Mouche y una noche en el Napoleón.
- ¡Pero eso costará una fortuna!.
- No hay problema. Tenemos dinero para costearlo.
- ¿Alguien se opone? - preguntó Palomares a los integrantes de la mesa - .¿Nadie?. Bien. Pues adelante con ello. Señor Rosendo. ¿Cómo han ido sus gestiones?.
- Bien - contestó el señor Rosendo, abogado -. Ya he puesto la demanda. Menos mal que tenía colegas aquí en París, que me han ayudado.
- ¡Esto va de primera!.


Diez horas más tarde, aquello era un hervidero. La relaciones públicas estaba haciendo una declaración tras otra. Cámaras de todos los canales y periodistas de todas las agencias estaban allí, preguntando, filmando y comentando.

Los niños que ya habían regresado de la ciudad estaban sentados, escuchando embobados a un violinista que actuaba para ellos. Habían pasado un día inolvidable visitando París con sus padres y ahora estaban cenando, mientras escuchaban música.
Una hora más tarde, a las once de la noche, terminó la actuación y tras el reparto de mantas, los mayores comenzaron a contar historias, hasta que los peques se quedaron dormidos.

Al día siguiente, tras abandonar dos días a sus pasajeros en el aeropuerto de París, la compañía que había suspendido su vuelo alegando "razones técnicas", puso a su disposición un avión que les llevaría a casa.

Toda la prensa siguió a los pasajeros, cuando se dirigieron a la puerta de embarque y ya en el avión, se oyeron dos salvas de aplausos: la primera al entrar el matrimonio López, tras su luna de miel en París. La otra salva, cuando entró el señor Palomares, el organizador de las actividades de aquellos dos días en el aeropuerto de Orly.
- Dar las gracias a los payasos, al mago, al informático, a la relaciones públicas, al abogado y al músico - decía Palomares -. Fue una suerte que viajaran con nosotros.

Al llegar a su destino, miembros de la compañía aérea estaban esperando para pagarles los gastos.
Rosendo, el abogado, hizo una llamada a sus colegas en París, para retirar la demanda.

Todos los pasajeros estuvieron de acuerdo en una cosa: aquel viaje había sido inolvidable.

Ramona, jefa de personal de la multinacional y pasajera también, de aquel accidentado viaje, empezó a entender el verdadero significado de la palabra "liderazgo", gracias a Palomares.

Este texto está basado en esta noticia:

Unos 700 españoles, bloqueados en el aeropuerto de Ciampino en Roma después de la cancelación de los vuelos de Ryanair

Los pasajeros denuncian que no se les ha dado solución alguna para poder regresar a sus destinos.
La Vanguardia (10/11/2008).

Aparte de cambiar lugares, imaginé la posibilidad de que los pasajeros se organizaran y fueran capaces de solucionar por si mismos el problema ocasionado por la compañía aérea.

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