domingo 29 de junio de 2008

Luna recobra la ilusión

Luna había madrugado esa mañana.

Había tenido que dejar folletos de propaganda interna en las mesas de todos los trabajadores de la oficina, antes de que éstos llegaran.

Esta vez se trataba de algo que iba subtitulado como "el compromiso de la Multinacional con la sociedad".
En ese documento se hablaba del concepto "valor compartido", consistente en, además de gestionar el negocio para los accionistas, también para la sociedad.
Para ello, en cuatro apartados indicaban las cuatro áreas en las que la Multinacional aplicaba el "valor compartido": agricultura y suministro; manufactura y distribución; recursos humanos y nutrición, salud y bienestar.

Trabajando como trabajaba en Recursos Humanos, la lectura de los ejemplos de "valor compartido" que se referían a su área, le parecían una verdadera mentira, un bote de humo, que no conseguiría convencer al personal que conociera mínimamente la empresa.
¿Como podían decir que estaban asumiendo el compromiso de igualdad de oportunidades y diversidad, de dar prioridad a la política de promoción interna, cuando la realidad era otra?.

Por un momento, Luna pensó que la Multinacional estaba actuando como los políticos del país. Por un lado palabras y muchas palabras. Publicidad y más publicidad. Pero esa publicidad no se acercaba a la realidad ni con toda la imaginación del mundo.
Si con el área de Recursos Humanos han mentido, no quiero ni saber lo que ocurrirá en las otras tres, de las que habla el folleto.

Tras tomarse un café, fue a su mesa a preparar la jornada. En su calidad de psicóloga, tenía que entrevistar a los posibles candidatos para entrar en la empresa. Pura rutina. Siete preguntas capciosas que determinaban si valía la pena contratar a la persona entrevistada.

Esta vez tenía por delante a una chica, número uno de su promoción en la facultad de económicas y también número uno en físicas. Hablaba tres idiomas con fluidez, alemán, inglés y español.
Una verdadera lumbrera. Seguro que se trataba de una de esas chicas con aspecto de empollona, pensó, y con gafas con dos dedos de cristal.

Cuando fue a recogerla a recepción descubrió que sus prejuicios eran falsos. Alta, morena, ojos grandes, con un cuerpo delgado y que vestía elegante pero discreta.
Se llamaba Ester.
Luna la acompañó a una sala y, tras cerrar la puerta, se relajó y abrió la carpeta de la candidata.

- Bueno, Ester. Ya has pasado el montón de test y pruebas y he de decirte que éste es el último paso. En función de esta entrevista te recomendaré para que te entres en la empresa...
- O no - contestó Ester con una sonrisa.
- O no - confirmó Luna -. Pero tampoco seamos pesimistas. Tienes muy buenas cartas. ¿Por qué dejaste tu último empleo?. ¿Problemas?.

Primera pregunta capciosa. Quizás salieran a la luz problemas de relación con sus anteriores jefes.
- Quería mejorar. Además el trabajo no tenía nada que ver con lo que había estudiado.

Prueba superada, pensó Luna.
- ¿Problemas con tus jefes?.
- Ninguno. Me llevaba bien con ellos. Son muy buena gente.
- ¿Cuales son tus principales cualidades, Ester?.
- Me considero emprendedora, constante y me llevo muy bien con los demás.

Correcto, pensó Luna.
- ¿Defectos?.
- Quizás algo arriesgada, algunas veces. Precipitada. Pero eso se arregla con mayor experiencia y contando a cien antes de dar un paso.
- No te preocupes. Me suele pasar lo mismo. Eso, algunas veces me pierde - contestó Luna, quien empezaba a sentirse a gusto con aquella chica. Le parecía sincera. Sus ojos no mentían cuando hablaba.

- ¿Tienes experiencia en el campo en el que quieres trabajar?.
- Dos años, como indicaba en mi currículo, en una empresa de productos farmacéuticos. Ya sé que no es mucha experiencia, pero soy joven. Y receptiva.
Bien, pensó Luna. Concuerda con el currículo. Y ahora, la pregunta del millón. A ver como nos ves.

- ¿Conoces nuestra empresa?.
- Desde luego. Su nombre es muy conocido en todo el mundo. Aún así he estado haciendo averiguaciones.
- Y ¿a qué conclusiones has llegado, Ester?.

- ¿Quieres la verdad?.
- Claro.
- Se trata de una gran multinacional. Quizás sea la número uno en su campo. Le entra dinero en abundancia y es sólida como un roble. Sin embargo...
- Sin embargo... - repitió Luna.

- Sin embargo carece de ética. Usa y abusa en todos los países del mundo. En Colombia ha eliminado a los sindicalistas que han protestado por las condiciones inhumanas de sus fábricas, en Africa es responsable de la muerte de miles de recién nacidos al haberse limitado a vender leches maternizadas sin tener en cuenta que el agua es escasa y muchas veces contaminada y hubiera sido preferible que las madres dieran el pecho a sus hijos, es culpable de haber vuelto a envasar alimentos caducados para venderlos en otros países, de forzar la extracción en manantiales acuíferos, provocando un verdadero problema ecológico en Brasil. Incluso en Costa de Marfil compra café a sabiendas de que allí son explotados niños.

- Me dejas de piedra, Ester. ¿Qué me estás diciendo?.
- La verdad, Luna. El problema es que una empresa tan poderosa tiene poder para silenciar a la prensa. Y por eso nadie dice nada. Pero si quieres saber la verdad, busca por Internet. Hay asociaciones que investigan sobre ello e intentan denunciarlo.

- Si todo eso es cierto, Ester, ¿para qué has venido?. No querrás trabajar en una empresa que actúa de esa manera.
- Pues si. Quiero trabajar en esta empresa. Por una sencilla razón. Soy optimista, tengo ambición y soy joven. Quiero ir escalando puestos de responsabilidad en la Multinacional. Y cuando consiga lo que me propongo, voy a cambiar esta empresa. La voy a convertir en una empresa modelo que se involucre con la sociedad. Incluso pagará impuestos, ya que, aprovechándose de su extraterritorialidad elude el pago de impuestos. Es cierta la cantinela que dice que solamente pagamos los pobres. Los ricos tienen unos setenta paraísos fiscales para ahorrarse impuestos.

- Y ¿cómo quieres que recomiende tu entrada en esta empresa después de lo que me has dicho?.
- Si te lo he dicho es porqué tus ojos no me engañan, Luna. Eres una buena persona. Podía haberme limitado a contestar a tus preguntas con las respuestas que esperabas. Pero he preferido decirte la verdad porqué pienso que no lo estás pasando bien en el trabajo. Y si me contratas, vivirás con una esperanza. Esperanza que tardará años y eso si las cosas me van bien. Pero cada vez que nos crucemos en un pasillo y nos saludemos se reavivará esa ilusión. ¿No te parece?.

Cuando, por la tarde, Luna recibió el email de Ramona, respuesta a su recomendación sobre Ester, lo leyó con el corazón en vilo:
"Organiza la incorporación de esta persona para la semana que viene".

Desde entonces Luna vive más confiada, más tranquila. Incluso ya no da importancia a las secas palabras de su jefa cuando la intenta humillar.
Entonces sonríe, sabiendo que no siempre será todo como hasta ese momento.

Ahora hay un futuro.

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sábado 21 de junio de 2008

Buscando en el desván

Muchas veces ciertos recuerdos pasados, nos quedan ocultos en algún recóndito lugar de nuestro cerebro, debido a un trauma sufrido.

Nuestros recuerdos pasan a un desván, cualquiera de los miles de desvanes que tenemos en nuestra memoria y no es fácil acceder a aquella página que quedó allí archivada.

Lo peor de todo es que, asociados al trauma, al dolor, se esconden también en el desván, recuerdos hermosos que no merecerían pasar al olvido.



Cuando salió del despacho de Bárbara, estaba algo desconcertado.
La semana anterior había muerto un buen amigo de la infancia, Pepo, a quien hacía muchos años que no veía. Se enteró unos días más tarde.
La verdad es que aún no había asimilado demasiado aquella pérdida.
Pertenecía al pasado y formaba parte de todo aquello que había intentado olvidar.

Pero aquel apellido, que había leído en un diploma en aquel despacho no dejaba de darle vueltas a la cabeza.
No se trataba de un apellido habitual y por ello estaba desconcertado. No podía haber mucha gente con aquel apellido.
Y él había conocido a una persona que lo tenía.

Empezó a recordar cómo había conocido aquel apellido.
Fue cuando tenía unos diecisiete años.

Pepo le había llamado por teléfono. Tenían una semana de vacaciones por delante y le preguntó si quería ir a esquiar.

- No tengo ropa de esquí - le contestó.
- No te preocupes. Ven a casa y verás como te encontramos algo.

Tras pedir permiso a su madre, fue a casa de su amigo y, tal como éste había predicho, en media hora estaba equipado para ir a esquiar.
- Iremos con mi hermana y su novio - le dijo Pepo.

Era el novio, por cierto, quien tenía aquel apellido tan original.
Fue una semana mágica. Los cuatro pudieron disfrutar de unos días inolvidables.

Era sorprendente que aquel apellido estuviera asociado al novio de la hermana de su amigo, muerto la semana anterior, sobre todo cuando habían pasado tantos años desde entonces.

Al día siguiente volvió al despacho de Bárbara.

- Tu segundo apellido me resulta muy familiar, Bárbara - le dijo -. Hace un montón de años fui a esquiar con un amigo mío, su hermana y el novio de ella. El novio tenía este apellido. La hermana se llama Rosa.

- Se trata de mis tíos Hugo y Rosa. Él es notario.
- Y ella estudiaba medicina. ¿Terminó la carrera?. ¿Tienen hijos?.
- Si. Pero no ha ejercido. Tienen tres hijos.
- Fantástico. No sabes cuanto me alegro.
- Bueno. Ella tuvo un problema. La tuvieron que internar de urgencias. Tuvo una embolia cerebral. Estuvo dos meses y medio en coma. Un buen día despertó y empezó a recuperarse. Le tuvieron que operar de un ojo, ya que le habían quedado secuelas de la embolia. Pero se está restableciendo muy bien. Ahora está con su marido en París, en algo así como una segunda luna de miel.
- Menos mal. Pobre. Rosa es una persona maravillosa, como lo era su hermano Pepo - la miró a los ojos -. ¿Lo sabe?.
- Si. Lo sabe.

Cuando salió de despacho de Bárbara sintió la necesidad de estar solo. Desgraciadamente no consiguió estar consigo mismo hasta que no llegó a casa, por la noche.
Se preparó la cena y decidió acompañarla con una buena botella de vino. El mejor que tenía.
Luego puso un lied de Mahler y empezó a cenar, dejando que sus pensamientos fluyeran libremente.

Poco a poco empezó a recordar aquella época de su vida, su adolescencia.
Volvió a oir los gritos de su padre, el miedo que sentía entonces, cuando los oía; el ambiente denso que casi podía tocarse; el miedo en los rostros de sus hermanos; la rabia que sentía en aquellas situaciones; la violencia a la que asistía cada día; el terror a que llegara el fin de semana...
¡Que dura había sido aquella época de su vida!.
Menudo infierno fue la separación de sus padres.

Entonces se acordó de Pepo, su amigo. De las tardes y más tardes en las que jugaban al millón en la máquina de un bar, en las muchas películas que habían compartido yendo al cine, de las miles de partidas de ping pong que habían jugado en casa de Pepo. Siempre ganaba Pepo, pero nunca le había importado perder.
Y sobre todo, recordó, aquellas tardes en las que iban al cuarto de Rosa a estudiar. Aquella habitación era como un santuario. Se sentaban los tres alrededor de la mesa, desplegaban los libros, ponían música y empezaban a estudiar. Allí no existía el tiempo, ni los problemas. El carácter de ambos hermanos te lo hacía olvidar todo.
Estudiar, lo que se dice estudiar no estudiaban mucho, ya que cualquier excusa servía de pretexto para empezar una conversación.
Allí no regía el cerebro. Solamente actuaba el corazón. Había una verdadera distensión. No existían temas tabú. Se hablaba de todo. No había rencor, ni rabia, ni miedo - sobre todo miedo - ni tristeza.
Fueron años, lo que duró aquello.
Y un buen día aquello se terminó, tras aquella semana de esquí cargada de magia.
Al empezar la universidad nuestro amigo fue enviado a otra ciudad y se perdió el contacto.

Y ahora, varias décadas después, una persona terminó su cena, tras acceder a un desván que tenía olvidado.
Luego, se puso a llorar.

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sábado 14 de junio de 2008

Lucas el vagabundo

Cuando llegó a la portería, Tom, el perro, se movió inquieto.

Paco miró hacia fuera y vio a un indigente sentado junto a la puerta. Se trataba de una persona de unos sesenta años, muy moreno, de pelo lacio, largo y muy blanco. Tan blanco como su barba, de varios días. Vestía unos tejanos bastante gastados y una camisa oscura.

Al salir a la calle, el vagabundo lo miró y Paco observó aquella mirada. Aquellos ojos claros parecían iluminar la calle, que a aquellas horas estaba apenas iluminada por un par de farolas.

Tras desear buenas noches al vagabundo, Paco se dirigió con el perro a unos jardines cercanos. Mientras Tom corría suelto, dejando sus marcas de orina en todos los árboles, Paco no podía sacarse de encima la imagen de aquellos ojos que acababa de ver.
En ellos había visto experiencia, serenidad, dolor y mucha bondad. Recordó que en aquel instante en que sus miradas se habían cruzado, se había sentido transportado a la infancia. De nuevo había sentido la mirada de su madre, llena de paz, de amor y de serenidad.

- ¡Tom!. ¡Ven!.
Obediente, el perro fue corriendo hacia su amo. Paco recordó con sorpresa que Tom no había gruñido, como hacía siempre que veía a un desconocido.
Al acercarse a su casa vio al indigente en el mismo lugar, puesto en pie, hablando con un policía.
Cuando estuvo más cerca pudo oir lo que el policía estaba diciendo.
- No puede estar aquí. Si no tiene dónde vivir le haré llevar a alguna casa para indigentes.

Paco no lo pensó ni un segundo.
- ¡Padre!. ¡Has regresado!. ¿Cómo te fue el viaje? -Paco lo abrazó - . Creía que llegabas mañana. ¡Oh, perdón! - dijo al policía - ¿hay algún problema con mi padre?.
- No. Ningún problema - contestó el policía - . Ya me iba. Buenas noches.
Cuando se quedon solos, el indigente dijo con voz profunda:
- Muchas gracias por ayudarme.
- No ha sido nada. ¿Necesita algo?.
- Hombre, si quisiera darme algún euro...
- Prefiero no darle dinero. Sin embargo le puedo invitar a cenar. Hay bar cerca de aquí. Si quiere podemos ir.
- Muchas gracias. Conste que no soy de los que beben.

Paco acompañó al indigente al bar que, a pesar de ser las once de la noche, estaba abierto.
Santiago, el propietario, no tuvo inconveniente en preparar una cena para el vagabundo.
Dado que aquel hombre no era muy hablador, Paco le pagó a Santiago la cena y, tras charlar un rato con él, se despidió del vagabundo, quien le agradeció la cena.

Desde aquel día, cada noche, al sacar al perro a pasear, Paco solía encontrarse a aquel hombre misterioso y tan poco hablador, sentado en el escalón de la puerta de alguna casa ó en algún banco de los jardines. Al principio se limitaban a intercambiar un saludo, pero con los días, Paco empezó a sentarse un rato con aquel hombre. Al principio solía empezar a hablar Paco, contándole cómo le había ido el trabajo.

Con el tiempo empezó a descubrir cosas de aquel desconocido.
Se llamaba Lucas y había sido abogado de un importante bufete. Estuvo casado y tuvo un hijo, pero cuando le preguntaba por ellos, cambiaba inmediatamente de tema.
Algunas noches iban ambos a cenar al bar de Santiago, quien muchas veces se sentaba con ellos a charlar.

Una noche, saliendo del bar de Santiago, tras una cena especialmente copiosa, se dirigieron a los jardines y se sentaron en un banco.
Paco no tenía demasiadas ganas de hablar y fue Lucas quien inició la conversación.

Explicó había estado diez años en la cárcel por haber matado a su hijo. Le contó que tras un accidente de moto, su hijo, a resultas de un fuerte golpe en la cabeza, quedó en estado vegetativo, en coma profundo, mantenido con vida con respiración asistida.

Durante tres años sus padres alimentaron la esperanza de que ocurriera el milagro que les devolviera a su hijo a la vida. Sin embargo ningún médico fue capaz de darles esperanza alguna de recuperación.
Fue entonces que Lucas decidió poner fin a la vida artificial y sin esperanza de su hijo.
Al principio intentó conseguirlo a través de la justicia, pero se encontró todas las puertas cerradas, para conseguirlo.
Los médicos no querían desconectar la máquina sin un permiso del juez.
Indignado, no era capaz de entender que otras personas pudieran ser capaces de anteponer su moral a un acto de humanidad hacia su hijo.

Al fin se decidió.
- Una noche, entré en el hospital. Tras años de entrar cada día a ver a mi hijo, sabía perfectamente como llegar a su habitación, sin que me viera nadie.
Una vez allí lo incorporé en su cama y lo abracé con fuerza. Luego, manteniéndole abrazado, desconecté el aparato que lo mantenía con vida. Abrazado a él, lloré como nunca había llorado, mientras sentía como se le escapaba la vida. Mientras lo volvía a dejar sobre la cama pensé que en aquel momento, muerto mi hijo, ya no había nada en mi vida que le diera sentido. No me quedaban ilusiones ni aspiraciones. Me sentía vacío. Me quedé en aquella habitación con la mano de mi hijo entre las mías. Me descubrieron las enfermeras de madrugada. Me detuvieron y lo que recuerdo desde entonces está envuelto en una densa niebla. Hace un año, tras cumplir la condena, salí de la cárcel y hasta ahora he ido de aquí para allá, viviendo sin otro objetivo que estar preparado para reunirme con mi hijo cuando llegue el momento.

Paco quedó impresionado con la historia de Lucas.
Sin embargo aquella fue la última noche que el vagabundo estuvo por el barrio.

Las siguientes noches Paco recorrió el barrio buscando a aquel hombre. Había desaparecido.
Soñaba con aquellos ojos claros, llenos de bondad, con arrugas que reflejaban el sufrimiento pasado.
Con el tiempo, aquellos sueños se fueron distanciando.

Un día, mientras leía un cuento a su hija, se le llenaban los ojos de lágrimas cuando leyó el capítulo sobre la amistad del zorro con el Principito. Descubrió que, como en el cuento, aquel indigente lo había "domesticado".

Ahora, cuando ve unos ojos claros y bondadosos, se acuerda de Lucas.
En voz baja, murmura:

- Lo esencial es invisible a los ojos.

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viernes 13 de junio de 2008

¡GRACIAS IRLANDA! THANKS IRELAND!

Las Constituciones de los países democráticos nacen del pueblo y viene a ser una manera de protegerse que tienen los ciudadanos, de los abusos de poder de los políticos.

El Tratado de Lisboa no ha nacido del pueblo.
¡Es un fraude!.

Irlanda ha sido el único pueblo que ha sido consultado.
Y ha votado NO.


http://luisbenavent.blogspot.com/2008/04/la-clase-de-educacin-para-la-ciudadana.html


¡GRACIAS, AMIGOS!.

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jueves 5 de junio de 2008

Pascual y Lucifer

Ramona tenía muy claro el concepto. Siempre lo había tenido.

Y su última lectura se lo había confirmado.
Se trataba del libro "El efecto Lucifer", de Philip Zimbardo.
Se lo había regalado su marido y su lectura cautivaba desde el primer párrafo.

Narraba un experimento que se había realizado en la universidad de Stanford:

"Creamos un ambiente carcelario muy realista, una "mala cesta" en la que colocamos a 24 individuos voluntarios seleccionados entre estudiantes universitarios para un experimento de dos semanas. Tirando una moneda al aire, se decidía quién iba a hacer el papel de preso y quién el de guarda. Naturalmente, los prisioneros vivían allí día y noche, y los guardas hacían un turno de 8 horas.

Al principio, no pasó nada, pero la segunda mañana los prisioneros se rebelaron, los guardas frenaron la rebelión y después crearon medidas contra los "prisioneros peligrosos". Desde ese momento, el abuso, la agresión, e incluso el placer sádico en humillar a los prisioneros se convirtió en una norma.
A las 36 horas, un prisionero tuvo un colapso emocional y tuvo que ser liberado, y volvió a ocurrir a otros prisioneros en los siguientes cuatro días.

Chicos buenos y normales se habían corrompido por el poder de su papel y por el soporte institucional para desempeñarlo que les diferenciaba de sus humildes prisioneros. Se probó que la "mala cesta" tenía un efecto tóxico en nuestras "manzanas sanas". Nuestro estudio de dos semanas tuvo que parar antes de tiempo después de sólo seis días porque cada vez estaba más fuera de control."


Ramona pensó. Se trataba de crear un ambiente diferente en el trabajo. Dar poder y soporte institucional a los jefes. Carta blanca para todos ellos. Eso les haría exigir a sus subordinados el máximo rendimiento.
Tenía que llevarlo a la práctica. Elegir un departamento y hacer la prueba. Seleccionando a las personas y dando poder a quienes tuvieran "capacidades" para ejercerlo.
Se acordó de que tenía que formarse un nuevo departamento de SAC, servicio de atención al cliente. Tenía que contratar a unas veinte personas y elegir entre ellos a cinco responsables.
Decidió que ellos serían sus conejos de indias.

Iba a incrementar el rendimiento en la Multinacional.

Durante el siguiente mes, Ramona se dedicó a la selección del nuevo personal. Para ello contrató los servicios de un psicólogo muy experimentado quien debía hacerles test para poder determinar qué cinco candidatos tenían rasgos psicopáticos, para hacerlos jefes del resto del personal.
Pascual, el psicólogo, estuvo dos semanas haciendo pruebas a todos ellos. Entrevistas, test, trabajos de redacción...
Al terminar entregó un informe exaustivo del carácter de cada empleado y la recomendación de los cinco posibles jefes.

Ramona siguió a pies juntillas las recomendaciones del psicólogo.
Y sonrió encantada cuando, dos meses después, descubrió el trabajo que salía del nuevo departamento, era casi el triple del que salía en los otros departamentos SAC de la empresa. Los trabajadores apenas cometían errores, todos los trabajos estaban al día, los comentarios de los clientes eran inmejorables...
Una delicia, vamos.

Durante el siguiente mes, Ramona hizo un informe en el que explicaba su idea y cómo la había llevado a la práctica. Incluyó estadísticas y gráficos.
Luego lo envió al director general.
Dos días más tarde fue felicitada por el director.

* * *

Paco limpió la mesa, saludó brevemente a Pascual, sirvió lo que éste le había pedido y se fue a la barra.
Pascual estaba con una persona desconocida y por eso, Paco no quería inmiscuírse en la conversación.

- Pascual. Tengo entendido que usted ayudó a la señora Ramona a elegir al personal del nuevo departamento de la empresa.
- Es cierto - contestó Pascual -. Mi labor fue elaborar el perfil psicológico de los veinte candidatos.
- Y recomendar a los más capacitados para ejercer mando, sobre el resto - dijo el desconocido - ¿verdad?.

- Cierto. ¿Me equivoqué?. ¿No funciona el departamento?.
- Funciona a las mil maravillas. Pero me dejó aterrado el informe de Ramona sobre el cómo lo ha creado - explicó el desconocido -. Lo que ha creado es algo así como un campo de concentración en pequeño.
- Bueno - contestó Pascual -. Yo no me preocuparía demasiado por ello. ¿Funciona?. Entonces, ¿qué más da?.
- ¿Qué más da?. Me revuelve el estómago pensar que la empresa que dirijo se dedica a machacar a los empleados. ¡Son seres humanos!.
- Si piensa así, creo que no voy a tener más remedio que poner las cartas sobre la mesa. ¿Quedará entre nosotros?.
- Claro.

- Cuando me recibió Ramona en su despacho no me contó lo que pretendía hacer. Sin embargo vi sobre la mesa un libro. Se trataba de "el efecto Lucifer". Cuando salí de la empresa, tras aceptar el encargo, compre el libro y lo leí. El estudio es muy interesante. Poniendo a personas en situaciones especiales, éstos eran capaces de sacar lo peor de si mismos. Entonces entendí el porqué Ramona quería que le encontrara entre todo el grupo, a cinco personas con rasgos de psicópata. Así aceleraba el proceso relatado en el libro.

- Sin embargo - continuó - el libro habla de tres tipos de personas. Tres actitudes que se dan en situaciones de ese tipo: los activos, que son los que actúan contra el resto de los compañeros; los pasivos, que permiten que los activos ejerzan su dominación sobre ellos. Y hay un grupo, el más reducido, a quien el autor llama "héroes", que son aquellos que consiguen que esa situación no les afecte. Son personas que valoran más el bienestar de los demás. Son altruístas y gente que no aspira a ningún reconocimiento.

Pascual bebió un trago de su vaso.

- Los informes que entregué a Ramona le proponían cinco psicópatas para que actuaran como jefes. En realidad los cinco psicópatas propuestos no lo eran. Le recomendé a los que dieron muestras de poder comportarse como héroes.

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