domingo 22 de noviembre de 2009

Don Miguel, el hombre de empresa

Don Miguel llegó al bar de Santiago con cara de pocos amigos.
Alto, delgado, con la cara angulosa, debía tener unos sesenta años. Las arrugas de su rostro reflejaban aquella determinación que había demostrado toda su vida.

Santiago lo conocía desde el día que entró a trabajar en el bar, treinta años atrás.
Don Miguel trabajaba en la multinacional y era de esas personas que solían alargar su jornada hasta altas horas de la tarde. Era jefe de departamento.
Durante toda la carrera laboral, había demostrado dedicación total y absoluta a la empresa y quizás por ello, su esposa e hijos apenas lo veían, debido a sus dilatados horarios.

Era inflexible con sus subordinados. No podía entender una actitud diferenta a la suya y quien no ponía la misma dedicación a la empresa que él ponía, era machacado por Don Miguel, incapaz de entender que alguien diera más valor a la familia que al trabajo.

Tenía verdaderos problemas con los subordinados jóvenes, que se burlaban de su dedicación absoluta. Sus castigos no hacían mella en ellos, que preferían siempre salir temprano para ver un partido de fútbol a alargar su jornada por elaborar un informe.

De ahí que don Miguel celebrara con verdadera alegría las bodas de sus subordinados.
Sabía que una boda llevaba consigo una hipoteca y un rosario de gastos adicionales que iban a obligar a su subalterno a cambiar de forma de pensar y a asumir su entrada en el "sistema".
Alguien le había oído decir, sonriente, al comunicarle la boda de alguien especialmente díscolo:

- ¡Ya es nuestro!.

Los años fueron pasando y don Miguel se mantenía firme en sus convicciones, por a su incapacidad para abrir su mente a otros puntos de vista.
Cualquier hecho ó afirmación por parte de sus subordinados, contraria a lo que él creía directrices de la empresa, era anotado en una libreta que tenía a tal efecto.

La multinacional tenía establecido que cada año el jefe tenía que reunirse con cada uno de sus subordinados, para comunicarles la "nota" que había merecido su trabajo y, en función de la misma, el aumento correspondiente.
Era ese día que don Miguel llevaba su libreta a aquellas reuniones y disfrutaba comunicando las malas notas con argumentos tan peregrinos como:

- Usted no quiso venir el sábado 23 de Septiembre por preferir acompañar a su hijo a un partido -decía consultando su libreta.

Santiago limpió la mesa de don Miguel.

- Buenas tardes, don Miguel. ¿Qué va a tomar?.
- Una copa de brandy. Que sea larga.
- Es la primera vez que me pide alcohol en treinta años, don Miguel - contestó Santiago. Fue a la barra, preparó la copa y la llevó a la mesa. Luego se sentó con don Miguel.
- ¿Qué pasa, don Miguel?.
- ¿Que qué pasa?. ¡Estoy destrozado!. ¡Me han dado una patada al culo!. ¡Me han jubilado!. ¡Tantos años, para eso!.

- ¿Cómo?.
- Tal como se lo digo. Años y años de dedicación total a la empresa para que me lo paguen con una patada. ¡Son unos hijos de puta! - una lágrima se deslizó por su mejilla -. Lo peor ha sido el regalo de despedida de mis subordinados. Me organizaron una despedida por sorpresa y, a pesar de como los traté durante años con mi intransigencia, me han demostrado su cariño con una despedida que no podré olvidar...

Bebió un trago largo.
- ¡Que idiota he sido!. ¿Cómo he podido ser tan cruel con ellos?. ¿Cómo he podido dar más importancia a la empresa que a mi familia, a mis amigos, a mis subordinados?. Si hubiera sabido lo mucho que me lo iban a agradecer, no hubiera sido así de rígido. ¡Que desperdicio de vida!. ¡Que error!. ¡Cuantos años de entrega para nada!.

- Siempre ha sido así, don Miguel - dijo Santiago -. A este bar viene mucha gente que trabaja en la multinacional. Y veo a diario como lo único que interesa a ese tipo de empresas es el dinero. Su personal les importa un rábano. Cuando entran les hacen creer que tienen un futuro prometedor y cuando llevan el tiempo suficiente como para descubrir el engaño, les dan puerta y contratan a otro inocente con ganas de comerse el mundo y así perpetúan la farsa. ¿Sabe que en estos momentos, a las ocho de la tarde, hay cien personas trabajando en su casa conectádos con el portátil que les ha prestado la empresa y lo que es peor, sin cobrar un céntimo por ello?. ¿Sabe el dinero que ahorra la empresa al tener a esos tíos trabajando gratis fuera de horas?.

Cuando esos descubran el pastel, habrá una restructuración y los sacarán, para sustituirlos con otros cien incautos que trabajarán gratis desde casa por las noches, durante las vacaciones y los fines de semana.
- Y yo sin enterarme de nada, durante tantos años. Debo ser muy corto, ¿no?.

Santiago no contestó.

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sábado 14 de noviembre de 2009

Felisa toma una decisión

Felisa entró irritada en su despacho.

Acababa de toparse con Paco y notó su mirada cargada de desprecio, cuando se cruzaron sus miradas.
Hacía ya años que notaba ese desprecio en su subordinado.

Recordaba como, años atrás, Paco le había enviado un mail en el que denunciaba las malas artes de su jefe inmediato, aportando pruebas de su veracidad.
Ella no había querido complicarse la vida y había hecho caso omiso de aquel mail. Ella sabía que aquel jefecillo era un psicópata que se dedicaba a humillar a sus subordinados, pero su presencia le servía para desatender sus obligaciones, ya que era él quien realmente mandaba en su departamento.
Desgraciadamente aquel jefe se jubiló y ella tuvo que recuperar el mando de su departamento, tras años de vagancia y buena vida.

La verdad es que ella no llegó a recuperar nunca el mando de su departamento, ya que era incapaz de tomar decisiones.
Cuando se daba una situación que requería elegir entre dos direcciones diferentes, ella decía siempre que lo tenía que analizar y dejaba que pasara el tiempo.
Algunas veces esa demora le favorecía, ya que el problema se resolvía por si solo sin que fuera necesario tomar una decisión.

En su mesa se iban acumulando los proyectos que requerían su inmediata decisión, por meses y meses.
Cuando la urgencia de un proyecto y la presión de otros departamentos de la empresa le obligaban a decidir, pedía la opinión de sus subordinados - siempre por escrito, para guardarse las espaldas - y trazaba las líneas que éstos le indicaban.

Felisa nunca se había involucrado en nada.
Su marido no era otra cosa que un compañero para lucir en los mejores restaurantes de la zona, al igual que el BMW o su casa.
Cada año hacían un viaje a los lugares más caros del mundo, para que los demás vieran que podían permitírselo.
Había tenido con él una hija que fue criada por los abuelos. Ahora que la hija había crecido, Felisa no acababa de entender cómo le había salido tan rara. Todos sus novios eran personas sin escrúpulos, que se aprovechaban de esa facilidad que tenía ella para separar las piernas...

En el trabajo, jamás había intimado con nadie. Nunca había escuchado los problemas ajenos y menos aún había mostrado los suyos a los demás.
Fue precisamente su falta de humanidad que le dio fama de dura en la multinacional. Y en esa empresa eran precisamente esos, los valores que se apreciaban más.

Quizás su única intimidad había sido acceder a los deseos sexuales de su jefe, "el viejo", como ella lo llamaba. Al fin y al cabo él la protegía y ella le compensaba por ello.
En realidad fue precisamente eso lo que le permitió sobrevivir tantos años. Si no hubiera sido por "el viejo" y por el psicópata, ella hubiera sido despedida sin contemplaciones.

Y ahora que "el viejo" y el psicópata se habían jubilado, ella se sentía más vulnerable que nunca. Poco a poco se iba descubriendo en la empresa su incapacidad para tomar decisiones, su falta de empatía, su incompetencia.

Le habían llegado rumores acerca de los motes que se utilizaban en la empresa para referirse a ella: "la pelusa", que hacía referencia a su egoísmo, a su visión, incapaz de ir más allá de su ombligo lleno de pelusa (de cashmere, por cierto), "la golfa", por esa curiosa coincidencia entre las reuniones con el viejo y las minifadas extremadas que llevaba casualmente cuando se producían...

Tenía que hacer algo con Paco, se dijo.
Estaba harta de aquellas despreciativas miradas, de sus ausencias en las "celebraciones" del departamento, de su silencio total en las reuniones.
Paco no callaba sus opiniones y alguna vez le había oído decir a alguien por teléfono un "pídeselo a Felisa", seguido de una carcajada.
De alguna manera, Paco le recordaba su falta de ética, su egoísmo, su ambición desmesurada...

Tenía que arreglar eso. Y lo arregló.
Ni se planteó la posibilidad de hablar con Paco y pedirle perdón por su omisión de años atrás, ni se decidió por empezar tomar decisiones ó a ser más humana.

Simplemente tomó una única decisión.
Aprovechando una restructuración, cedió a Paco a otro departamento.
Ahora ya no tiene que enfrentarse con sus miradas, con sus silencios, con sus sarcasmos.

Aún así le duele recordar aquel correo que él le envió cuando se enteró de su traslado:

Muchas gracias, Felisa, por la mejor decisión que has tomado en tu vida.
Ahora tengo un jefe.
Antes, una planta.

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domingo 18 de octubre de 2009

La crisis de personal

La fábrica estaba asentada en pleno monte, al lado de un pueblo muy pequeño. Daba trabajo a la mitad de sus habitantes. Abusando de su situación monopolística, los sueldos eran bajos y la contratación diaria.


Cada mañana, el director de fabricación, Javier Méndez, se reunía en el despacho del jefe de personal y decidían, mientras los trabajadores aguardaban en la puerta, quién iba a trabajar aquella jornada y quién no.

El jefe de personal, José Merino, era, como la mayoría de los jefes de personal de todo el mundo, una de las personas con menos empatía de la empresa. Se hacía llamar jefe de recursos humanos, quizás porqué tenía clarísimo que los hombres que contrataba eran tan importantes, para él, como cualquiera de los tornillos ó arandelas de cualquier máquina de fabricación.

- Cuántos hombres necesitas hoy? - preguntó Merino.
- Los mismos que ayer y además a tres más para el almacén - contestó el jefe de fabricación -. Hoy han de venir dos camiones a descargar materias primas.
- Déjame mirar... - Merino buscó en su lista -. ¿Te parece bien López Aguilar?. ¡No. Espera!. Este tío nos falló la última vez. Mejor quédate con Álvarez Escudero...

- López Aguilar estuvo enfermo. Tuvo una gripe y sabes que su esposa está impedida.
- No me interesa la vida personal de nadie. Quédate con Álvarez Escudero y con Ramirez Heredia.
- Me falta otro. Te he pedido tres.

- Dos tíos bastan para descargar un camión. Apáñate con lo que te doy - le dijo, entregándole la lista del personal para ese día -. Me he pasado años domesticando a esa gente. He conseguido que no falten nunca al trabajo. El que falla una sola vez ya no es contratado más. No sirven certificados médicos ni documentos oficiales de la administración.
- Pues sospecho que se les han olvidado tus palabras - dijo el jefe de fabricación, mirando por la ventana -. Y se les ha olvidado a todos a la vez. No ha venido nadie.
- ¿Cómo? - se levantó y se acercó al cristal -. ¿Qué habrá pasado?. ¡Esos cabrones...!. Quédate aquí, Mendez. Voy al pueblo a ver que ha pasado.


Merino entró hecho una furia en el despacho de Mendez.

- Nos los han quitado.
- ¿Quién?.
- Esa gente que, hace un mes, alquiló aquella nave abandonada en el pueblo. Están todos ahí. Los he visto trabajar. Tienen una línea de fabricación operativa. Parecía que iban a tardar meses en restaurar la nave y en semanas ya la tienen operativa.
- ¿Has hablado con los hombres para hacerlos regresar?.
- Si. Y me han mandado a freir espárragos. Resulta que esa empresa les paga casi el doble que nosotros y además les va a hacer fijos.
- Y, ¿qué podemos hacer?. Tengo la línea parada y dos camiones esperando a ser descargados.
- No lo sé. Creo que voy a llamar a la central. Quizás se le ocurra algo a Ramona, mi jefa, la jefa de RRHH de todos los centros del país.



El bar de Santiago, como todas las tardes, estaba a rebosar.
Javier Méndez entró y le hizo un guiño a Santiago, quien le señaló la puerta de los lavabos. Entre las dos puertas de los lavabos había una tercera en la que ponía "Privado". La abrió y entró.

- Buenas tardes.
- Buenas tardes, Javier - le contestaron sus amigos Paco y Pascual, ambos sonrientes.
- ¿Cómo ha ido todo?. ¿Cómo están tus chicos?.

En ese momento se abrió la puerta y entró Santiago, con una bandeja que dejó en la mesa. Luego se sentó y puso delante de cada uno de ellos una cerveza. Luego sacó la bandeja y puso en el centro cuatro platos con patatas, almendras, aceitunas y pulpo. Tras dejar la bandeja, dio un sorbo a su vaso y dijo:
- ¿Vamos a estar mucho tiempo más en ascuas?.
- No. Ahora os cuento. ¿Queréis la versión resumida?.
- Si - dijeron todos.

- Entonces dos palabras: todo perfecto. Todo aquello que habíais previsto se complió a rajatabla. Mis chicos ya están trabajando en mi fábrica. Tienen contrato fijo y además han doblado el sueldo. En estos momentos Merino es incapaz de entender como es posible que aquella nave del pueblo haya sido desmantelada cuatro días después de que mis chicos firmaran los contratos.

- Las máquinas, ¿dieron el pego?. ¿No se dio cuenta de nada Merino?.
- Estaba demasiado ofuscado como para prestar atención a las máquinas. Además no le dejaron pasar de la puerta de la nave. Por cierto, Santiago, felicita a las "chicas" del asilo. Las máquinas estaban pintadas de forma impecable. Nadie hubiera dicho que eran de cartón piedra. Y el amplificador cumplió a la perfección reproduciendo los ruidos de las máquinas. Si Merino fuera de vez en cuando a ver su fábrica, le hubiera resultado familiar el ruido, ya que lo grabé yo mismo en ella. Pobre hombre...

- Se lo merecía - dijo Pascual.
- Y ¿qué se ha dicho en la central al respecto?.
- Todo el departamento de jurídico estuvo buscando en el registro de sociedades a la empresa fantasma - dijo Paco -. Cuando vieron que no existía, Ramona se olió el affair y creo que está preparando los papeles para despedir a Merino. Como de costumbre, lo prejubilarán con una buena paga, para que no llore.
- ¿No nos cerrarán la fábrica, como represalia?.
- No pueden. Mientras sea la fábrica que mayores beneficios da a la empresa, podéis quedaros tranquilos.
- Uf - dijo Javier -. Me quedo tranquilo. Por cierto me ha encantado emplear en eso el dinero que me tocó en la lotería. Gracias a vosotros, mi pueblo puede dormir tranquilamente por las noches.

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miércoles 16 de septiembre de 2009

Las medidas anticrisis

- ¿Qué me estás diciendo? - el presidente se estaba alterando.

- Simplemente lo que oyes, Peter - le dijo el presidente de la cámara de diputados -. La propuesta está en una comisión y es fácil que prospere. La crisis lo justifica todo.
- ¿Y crees que me voy a quedar indiferente a la reducción de los sueldos de los ejecutivos?.
- Quizás no tengáis reducción. Se trata de limitar vuestros sueldos a doce veces el salario del empleado que cobre menos en tu empresa.

- ¿Y cuánto crees que estoy cobrando como presidente de una multinacional? - pulsó el botón del interfono -. Sara. Por favor. Hable con personal y pregunte cual es el sueldo más bajo en la empresa. Si. Espero... Ahora sabrás lo que cobro aproximadamente. Piensa que estamos en todo el mundo, salvo en algunos países demasiado pequeños ó demasiado pobres para abrir mercado. Perdona. Si. Dime, Sara. Muy bien. Gracias.

Apuntó unos números en un papel, hizo una operación y dijo:

- Mi sueldo está unas trescientas veces por encima de quien menos cobra en la empresa, aquí en Suiza. ¿Crees que me lo voy a rebajar por culpa de vuestras puñeteras leyes?.
- Si sale la ley no tendrás más remedio que hacerlo.
- Eso lo dirás tu - dijo el presidente -. Tengo formas de mantener mis ingresos reduciendo el sueldo. La gracia estriba en que aquí, en Suiza, me reducirán el sueldo y el resto lo cobraré en las islas Caimán.

- Lo que me dices no es precisamente un ejemplo de actitud social...
- ¿Me lo dices tu en calidad de persona ejemplar?. No creo que seas la persona más indicada para hablarme de esas cosas. Te estoy pagando una millonada para que acalles las comisiones que puedan investigar la explotación de niños en Africa, el silenciamiento de sindicalistas en América, los transgenicos que usamos de estranquis en nuestros productos, los espías que infiltramos en aquellas empresas que nos quieren investigar...
- Vale, vale. No sigas recordándome eso.
- Entonces, justifica tu sueldo y cierra este tema.
- ¿Si no lo consigo?.

- Estoy dispuesto a cambiar la sede central de mi empresa. Me la llevaré a otro país que no me imponga lo que he de cobrar - se levantó y le secundó el político. Fueron hacia la puerta -. Espabila y mueve las teclas necesarias.

Se dieron la mano y el político se fue.
- Sara. Haz un comunicado de prensa. Que diga que si se materializa la ley sobre los sueldos de los ejecutivos, cambiaremos la sede principal de la empresa a otro país. Pide también un estudio para saber lo que nos costaría este cambio.
- Pero...
- Resulta que nos van a sacar una ley para limitar los sueldos de los ejecutivos y no estoy dispuesto a aceptarla. Bueno. También podríamos subir los sueldos bajos.

- Me gusta su idea de subir los sueldos bajos - dijo Sara -. ¿También lo hará con los niños que recolectan cacao en Costa de Marfil?.
- No. Solamente en este país. Si subimos sueldos en Africa deberemos subir también los precios de nuestros productos y eso no nos conviene con la crisis.
- Fuera le está esperando el ministro de economía de Colombia.

- Dile que espere. He de ir al lavabo. Por cierto, se ha terminado el papel higiénico.
- Tenga - dijo Sara, tomó de su mesa un rollo de papel y se lo dio.
- Ah. Gracias - Desenrolló un palmo de rollo -. A ver... - leyó - "Código de conducta empresarial". Fantástico. Me encanta limpiarme con esto.

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domingo 6 de septiembre de 2009

Conciliación de la vida laboral y familiar

Pocas veces lamento aquella noche en que me enamoré de Julia, una hermosa azafata que conocí en un vuelo a Nueva York.

Desde hace ya diez años, comparto piso con ella, lo cual, dicho así, no deja de ser una exageración, ya que ella pernocta en casa unas cuatro noches al mes, debido a su trabajo.

Aún así me conformo, a pesar de que algunas veces lamento no estar más tiempo con ella.
Nuestra escasa relación tiene la ventaja de que no nos da tiempo a cansarnos el uno del otro ni a tener los típicos roces que genera la convivencia.
Eso hace de nuestros encuentros una continua luna de miel.

Cuando ella me llama para decirme que viene a casa, suelo dedicar la tarde a preparar una buena cena que cuando llega, degustamos acompañándola con buen vino.
Luego llega el capítulo de las miradas, las caricias, las frases con doble intención y terminamos en nuestro cuarto, amándonos bajo las sábanas.

Yo trabajo en una multinacional que me permite elegir cuando hacer las vacaciones. Debido a ello, procuro siempre coincidir con las vacaciones de ella.
Entonces hacemos un viaje juntos a cualquier rincón del mundo cuya magia nos conquiste a ambos.
Es maravilloso.

Sin embargo, en los últimos años las cosas se han puesto más difíciles para nuestras vacaciones.
En mi empresa me han dado un móvil y un ordenador portátil. Tengo que estar disponible fuera de las horas de trabajo, por si surge alguna urgencia. Al principio conseguí evitar que me dieran semejantes artilugios. Sin embargo mi jefe me dejó claro que mi futuro en la empresa estaba vinculado a mi actitud y eso significaba tener que asumir que tenía que estar disponible también cuando no estaba en la oficina.

Las vacaciones de hace dos años fueron aterradoras.
Cada día surgían problemas en el trabajo y me llamaban para que los solucionara.
Estar con Julia en un hotel en Venecia enganchado al móvil y trabajando con el portátil conectado a mi empresa, no era, precisamente, la idea que yo tenía sobre unas vacaciones.
Julia empezó a tener verdadero pánico al móvil y cada vez que me distraía, lo apagaba.

Luego tenía que explicar que habíamos estado visitando lugares en los que me hacían apagar el móvil ó que no tenían cobertura.
Cuando terminaron aquellas vacaciones Julia me dio un papel. En ese papel había un número escrito. El noventa.
- ¿Qué es ese número?.
- Son el número de horas que has dedicado al trabajo en estas vacaciones. Y son horas que no te pagan, por cierto. En la parte trasera de este papel hay una lista - dio vuelta al papel y empezó a leer -. Nos han interrumpido cinco cenas, siete polvos, cuatro excursiones guiadas que ya habíamos pagado, ocho comidas...
- ¿Todo eso? - contesté asombrado.
- Si. Y además has empezado a roncar por las noches, por culpa del estado de ansiedad que te ha creado el puto móvil.
- Pues tenemos que hacer algo, Julia. No estoy dispuesto a tener otras vacaciones como estas.

El año siguiente me cambiaron el móvil por una Blackberry. Así no tenía que conectar el portátil para consultar mi correo, que recibía directamente en ese dispositivo.

Desde entonces, cada año, antes de salir de vacaciones, Julia llama a la compañía telefónica y se informa de aquellos países en lo que no da cobertura telefónica.
Luego, comunico a mi jefe que voy a un país que carece de cobertura y nos vamos al destino que hemos elegido.
Eso si...
El portátil y la Blackberry se quedan en casa apagados.

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La Prepotencia del RACC

RACC: Real Automóvil Club de Catalunya. Ofrecen asistencia en carretera, seguros, talleres, recursos de multas e incluso una vajilla de veinte piezas si te das de alta antes del 31 de Octubre.

Año 2006.

Recibo una carta del RACC en la que se me comunica que van a ceder mis datos a otras empresas.
Si no está de acuerdo - me dice - llame al 902 452 452.

Inmediatamente voy a las oficinas del RACC y me doy de baja, por no estar de acuerdo con la política de "quien calla, otorga". Mantengo, eso si, el seguro del coche, contratado con ellos años antes.


Año 2009, Febrero.


Recibo escrito del RACC.
Me agradecen la confianza depositada en ellos y me comunican que han decidido premiar esa confianza.
Si usted no indica lo contrario antes de un mes al 902 452 452, le volveremos a hacer socio para que pueda "disfrutar" de las ventajas de pertenecer a dicho club.


No contesto al escrito, ni llamo al teléfono que me indican. Me limito a indicar a mi banco que no paguen nada que provenga del RACC. Busco y contrato otro seguro (por cierto mucho más barato que el del RACC y que me ofrece una asistencia igual ó mejor).


Año 2009, Agosto.

Recibo otra carta del RACC.
Me comunican el vencimiento del seguro de mi vehículo y también del CARNÉ DE SOCIO DEL RACC.


Entiendo que esa gente ya no sabe como hacer para ampliar el número de socios y ha de recurrir a maniobras de dudosa legalidad para conseguirlo.


Por favor, señores del RACC: ¡Dejarme en paz!.

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domingo 26 de julio de 2009

Omar, el piloto

Cuando el avión alcanzó la altura de navegación y apareció el rótulo indicando que los pasajeros podían desabrocharse los cinturones, el dictador se levantó de su asiento y fue saludando a sus pasajeros.


Todos ellos eran empresarios. El norteamericano era el principal vendedor de armas, que sustentaban a un ejército que mantenía en el poder al dictador.

El alemán presidía una empresa farmacéutica que utilizaba a la población para probar sus nuevos medicamentos y también era el principal proveedor de las semillas transgénicas que los agricultores tenían obligación de utilizar. Años antes, los agricultores eran capaces de cultivar lo suficiente para alimentar a todo el país. Sin embargo, desde que la empresa farmacéutica, con ayuda del ejército, obligó a los agricultores a sembrar soja en toda la superficie agrícola, la miseria y el hambre se extendió por todo el país.

El francés pertenecía a la empresa explotadora de las minas de cobre del país. Gracias a la tecnología aportada por la empresa y a lo barato de la mano de obra, esclavos que no tenían más remedio que trabajar para poder comer, habían vaciado prácticamente todos los yacimientos. El dictador solía hacer broma con el empresario, diciéndole que con empresas como la suya, no era necesario el control de natalidad ya que, debido a las inexistentes medidas de prevención, los accidentes eran muy frecuentes.

El suizo era el director del banco que gestionaba las cuentas del dictador. Allí iban a parar todos los beneficios de las empresas que explotaban el país.

El italiano era el director de una ONG que cooperaba ayudando a la población del país. Por desgracia, los sueldos de los directivos de la asociación y los sobornos que tenían que dar al dictador, dejaban las ayudas, que los ciudadanos europeos aportaban, en apenas nada para el país.

Por último un austríaco, CEO de una multinacional responsable de las muertes del cincuenta por ciento de recién nacidos en el último año. Su campaña para convencer a las madres para que utilizaran el producto de la multinacional, en lugar de dar el pecho a los bebés lo había provocado, ya que el agua del país era escasa y en muchos casos contaminada.

- Bueno – dijo el dictador -. Dentro de una hora aterrizaremos en la capital. Por cierto, no os he dicho quien es el piloto del avión.
- ¿El piloto del avión?. ¿Lo conocemos? - dijo el alemán.
- ¿Será una mujer, de esas tan buenas que nos proporcionas cuando estamos en tu país? - dijo el francés -. Nunca he tenido relaciones en la cabina de un avión.
- No. No se trata de eso – contestó el dictador riendo -. El piloto es mi hijo. Omar. Tiene treinta años y se aficionó a la aviación. Yo le pagué la carrera de piloto. Lo hace muy bien, por cierto.
- Pues no sé si tendrá algo que ver – dijo el americano, que estaba mirando por la ventana – pero de una de las alas está saliendo un chorro de líquido.

El dictador se asomó.
- A ver... Anda. Pues es cierto. Supongo que habrá una razón para ello. Voy a preguntar.

Cuando llegó a la cabina, el dictador no notó agitación alguna. Todo estaba tranquilo. Su hijo estaba leyendo una revista. Se fue a sentar a la silla del copiloto.
- ¿Cómo es que no llevas copiloto?.
- Ah. Hola padre. Pues no. Le he dicho que se quedara en el aeropuerto con su novia.
- ¿Y si te pasa algo?. ¿Quien pilotaría el avión?.
- Tu, padre. Tu sabes pilotarlo.
- Es verdad. Tienes razón. Por cierto. ¿Que es ese chorro que sale de las alas?.
- ¿Chorro?. ¡Ah, si!. Es gasolina. Estoy vaciando los tanques.
- ¿Para qué?. ¿Quieres ganar velocidad para llegar antes?.
- No. Digamos más bien que no quiero llegar.
- ¿Cómo?. ¿Qué me estás diciendo?.
- Simplemente quiero hacer algo bueno por mi pueblo, por mi país.

- ¿Matándome?.
- A ti y a esa pandilla de degenerados que llevas en el avión.
- Pero... ¡Soy tu padre!.
- Adoptivo, por cierto. Primero mataste a mis padres y hermanos, para hacerte con el control de la tribu y luego hacerte con el poder del país.
- ¡Pero!...
- Ahora estás matando a tu pueblo. Y estás arruinando al país.
- ¿Piensas que me sustituirá alguien mejor que yo?. ¡No tienes idea de los buitres que hay en el palacio!.
- Bueno. A estas alturas, ¿qué más da?. No creo que sea un tema que deba importarnos a ti y a mi.
- ¡Tengo que parar esta locura! - miró los indicadores del avión -. ¡Estamos a cero de combustible!.
- Bueno... Nos quedan un par de minutos. No tendrás ni tiempo para perder altura y forzar un aterrizaje...

El dictador se levantó y salió de la cabina, sin decir nada a su hijo. Luego se sirvió una copa de Champán y se sentó.
- ¿Todo bien, general?.
- Todo bien.
- Pues está parando uno de los motores – dijo el americano mirando por la ventana.
- Si. Y ahora el otro – dijo el austríaco.
- No pasa nada. Disfrutar del silencio.

Los empresarios intercambiaron miradas y luego buscaron los ojos del dictador.
Estaba riéndose a carcajadas.

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