domingo 18 de octubre de 2009

La crisis de personal

La fábrica estaba asentada en pleno monte, al lado de un pueblo muy pequeño. Daba trabajo a la mitad de sus habitantes. Abusando de su situación monopolística, los sueldos eran bajos y la contratación diaria.


Cada mañana, el director de fabricación, Javier Méndez, se reunía en el despacho del jefe de personal y decidían, mientras los trabajadores aguardaban en la puerta, quién iba a trabajar aquella jornada y quién no.

El jefe de personal, José Merino, era, como la mayoría de los jefes de personal de todo el mundo, una de las personas con menos empatía de la empresa. Se hacía llamar jefe de recursos humanos, quizás porqué tenía clarísimo que los hombres que contrataba eran tan importantes, para él, como cualquiera de los tornillos ó arandelas de cualquier máquina de fabricación.

- Cuántos hombres necesitas hoy? - preguntó Merino.
- Los mismos que ayer y además a tres más para el almacén - contestó el jefe de fabricación -. Hoy han de venir dos camiones a descargar materias primas.
- Déjame mirar... - Merino buscó en su lista -. ¿Te parece bien López Aguilar?. ¡No. Espera!. Este tío nos falló la última vez. Mejor quédate con Álvarez Escudero...

- López Aguilar estuvo enfermo. Tuvo una gripe y sabes que su esposa está impedida.
- No me interesa la vida personal de nadie. Quédate con Álvarez Escudero y con Ramirez Heredia.
- Me falta otro. Te he pedido tres.

- Dos tíos bastan para descargar un camión. Apáñate con lo que te doy - le dijo, entregándole la lista del personal para ese día -. Me he pasado años domesticando a esa gente. He conseguido que no falten nunca al trabajo. El que falla una sola vez ya no es contratado más. No sirven certificados médicos ni documentos oficiales de la administración.
- Pues sospecho que se les han olvidado tus palabras - dijo el jefe de fabricación, mirando por la ventana -. Y se les ha olvidado a todos a la vez. No ha venido nadie.
- ¿Cómo? - se levantó y se acercó al cristal -. ¿Qué habrá pasado?. ¡Esos cabrones...!. Quédate aquí, Mendez. Voy al pueblo a ver que ha pasado.


Merino entró hecho una furia en el despacho de Mendez.

- Nos los han quitado.
- ¿Quién?.
- Esa gente que, hace un mes, alquiló aquella nave abandonada en el pueblo. Están todos ahí. Los he visto trabajar. Tienen una línea de fabricación operativa. Parecía que iban a tardar meses en restaurar la nave y en semanas ya la tienen operativa.
- ¿Has hablado con los hombres para hacerlos regresar?.
- Si. Y me han mandado a freir espárragos. Resulta que esa empresa les paga casi el doble que nosotros y además les va a hacer fijos.
- Y, ¿qué podemos hacer?. Tengo la línea parada y dos camiones esperando a ser descargados.
- No lo sé. Creo que voy a llamar a la central. Quizás se le ocurra algo a Ramona, mi jefa, la jefa de RRHH de todos los centros del país.



El bar de Santiago, como todas las tardes, estaba a rebosar.
Javier Méndez entró y le hizo un guiño a Santiago, quien le señaló la puerta de los lavabos. Entre las dos puertas de los lavabos había una tercera en la que ponía "Privado". La abrió y entró.

- Buenas tardes.
- Buenas tardes, Javier - le contestaron sus amigos Paco y Pascual, ambos sonrientes.
- ¿Cómo ha ido todo?. ¿Cómo están tus chicos?.

En ese momento se abrió la puerta y entró Santiago, con una bandeja que dejó en la mesa. Luego se sentó y puso delante de cada uno de ellos una cerveza. Luego sacó la bandeja y puso en el centro cuatro platos con patatas, almendras, aceitunas y pulpo. Tras dejar la bandeja, dio un sorbo a su vaso y dijo:
- ¿Vamos a estar mucho tiempo más en ascuas?.
- No. Ahora os cuento. ¿Queréis la versión resumida?.
- Si - dijeron todos.

- Entonces dos palabras: todo perfecto. Todo aquello que habíais previsto se complió a rajatabla. Mis chicos ya están trabajando en mi fábrica. Tienen contrato fijo y además han doblado el sueldo. En estos momentos Merino es incapaz de entender como es posible que aquella nave del pueblo haya sido desmantelada cuatro días después de que mis chicos firmaran los contratos.

- Las máquinas, ¿dieron el pego?. ¿No se dio cuenta de nada Merino?.
- Estaba demasiado ofuscado como para prestar atención a las máquinas. Además no le dejaron pasar de la puerta de la nave. Por cierto, Santiago, felicita a las "chicas" del asilo. Las máquinas estaban pintadas de forma impecable. Nadie hubiera dicho que eran de cartón piedra. Y el amplificador cumplió a la perfección reproduciendo los ruidos de las máquinas. Si Merino fuera de vez en cuando a ver su fábrica, le hubiera resultado familiar el ruido, ya que lo grabé yo mismo en ella. Pobre hombre...

- Se lo merecía - dijo Pascual.
- Y ¿qué se ha dicho en la central al respecto?.
- Todo el departamento de jurídico estuvo buscando en el registro de sociedades a la empresa fantasma - dijo Paco -. Cuando vieron que no existía, Ramona se olió el affair y creo que está preparando los papeles para despedir a Merino. Como de costumbre, lo prejubilarán con una buena paga, para que no llore.
- ¿No nos cerrarán la fábrica, como represalia?.
- No pueden. Mientras sea la fábrica que mayores beneficios da a la empresa, podéis quedaros tranquilos.
- Uf - dijo Javier -. Me quedo tranquilo. Por cierto me ha encantado emplear en eso el dinero que me tocó en la lotería. Gracias a vosotros, mi pueblo puede dormir tranquilamente por las noches.

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miércoles 16 de septiembre de 2009

Las medidas anticrisis

- ¿Qué me estás diciendo? - el presidente se estaba alterando.

- Simplemente lo que oyes, Peter - le dijo el presidente de la cámara de diputados -. La propuesta está en una comisión y es fácil que prospere. La crisis lo justifica todo.
- ¿Y crees que me voy a quedar indiferente a la reducción de los sueldos de los ejecutivos?.
- Quizás no tengáis reducción. Se trata de limitar vuestros sueldos a doce veces el salario del empleado que cobre menos en tu empresa.

- ¿Y cuánto crees que estoy cobrando como presidente de una multinacional? - pulsó el botón del interfono -. Sara. Por favor. Hable con personal y pregunte cual es el sueldo más bajo en la empresa. Si. Espero... Ahora sabrás lo que cobro aproximadamente. Piensa que estamos en todo el mundo, salvo en algunos países demasiado pequeños ó demasiado pobres para abrir mercado. Perdona. Si. Dime, Sara. Muy bien. Gracias.

Apuntó unos números en un papel, hizo una operación y dijo:

- Mi sueldo está unas trescientas veces por encima de quien menos cobra en la empresa, aquí en Suiza. ¿Crees que me lo voy a rebajar por culpa de vuestras puñeteras leyes?.
- Si sale la ley no tendrás más remedio que hacerlo.
- Eso lo dirás tu - dijo el presidente -. Tengo formas de mantener mis ingresos reduciendo el sueldo. La gracia estriba en que aquí, en Suiza, me reducirán el sueldo y el resto lo cobraré en las islas Caimán.

- Lo que me dices no es precisamente un ejemplo de actitud social...
- ¿Me lo dices tu en calidad de persona ejemplar?. No creo que seas la persona más indicada para hablarme de esas cosas. Te estoy pagando una millonada para que acalles las comisiones que puedan investigar la explotación de niños en Africa, el silenciamiento de sindicalistas en América, los transgenicos que usamos de estranquis en nuestros productos, los espías que infiltramos en aquellas empresas que nos quieren investigar...
- Vale, vale. No sigas recordándome eso.
- Entonces, justifica tu sueldo y cierra este tema.
- ¿Si no lo consigo?.

- Estoy dispuesto a cambiar la sede central de mi empresa. Me la llevaré a otro país que no me imponga lo que he de cobrar - se levantó y le secundó el político. Fueron hacia la puerta -. Espabila y mueve las teclas necesarias.

Se dieron la mano y el político se fue.
- Sara. Haz un comunicado de prensa. Que diga que si se materializa la ley sobre los sueldos de los ejecutivos, cambiaremos la sede principal de la empresa a otro país. Pide también un estudio para saber lo que nos costaría este cambio.
- Pero...
- Resulta que nos van a sacar una ley para limitar los sueldos de los ejecutivos y no estoy dispuesto a aceptarla. Bueno. También podríamos subir los sueldos bajos.

- Me gusta su idea de subir los sueldos bajos - dijo Sara -. ¿También lo hará con los niños que recolectan cacao en Costa de Marfil?.
- No. Solamente en este país. Si subimos sueldos en Africa deberemos subir también los precios de nuestros productos y eso no nos conviene con la crisis.
- Fuera le está esperando el ministro de economía de Colombia.

- Dile que espere. He de ir al lavabo. Por cierto, se ha terminado el papel higiénico.
- Tenga - dijo Sara, tomó de su mesa un rollo de papel y se lo dio.
- Ah. Gracias - Desenrolló un palmo de rollo -. A ver... - leyó - "Código de conducta empresarial". Fantástico. Me encanta limpiarme con esto.

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domingo 6 de septiembre de 2009

Conciliación de la vida laboral y familiar

Pocas veces lamento aquella noche en que me enamoré de Julia, una hermosa azafata que conocí en un vuelo a Nueva York.

Desde hace ya diez años, comparto piso con ella, lo cual, dicho así, no deja de ser una exageración, ya que ella pernocta en casa unas cuatro noches al mes, debido a su trabajo.

Aún así me conformo, a pesar de que algunas veces lamento no estar más tiempo con ella.
Nuestra escasa relación tiene la ventaja de que no nos da tiempo a cansarnos el uno del otro ni a tener los típicos roces que genera la convivencia.
Eso hace de nuestros encuentros una continua luna de miel.

Cuando ella me llama para decirme que viene a casa, suelo dedicar la tarde a preparar una buena cena que cuando llega, degustamos acompañándola con buen vino.
Luego llega el capítulo de las miradas, las caricias, las frases con doble intención y terminamos en nuestro cuarto, amándonos bajo las sábanas.

Yo trabajo en una multinacional que me permite elegir cuando hacer las vacaciones. Debido a ello, procuro siempre coincidir con las vacaciones de ella.
Entonces hacemos un viaje juntos a cualquier rincón del mundo cuya magia nos conquiste a ambos.
Es maravilloso.

Sin embargo, en los últimos años las cosas se han puesto más difíciles para nuestras vacaciones.
En mi empresa me han dado un móvil y un ordenador portátil. Tengo que estar disponible fuera de las horas de trabajo, por si surge alguna urgencia. Al principio conseguí evitar que me dieran semejantes artilugios. Sin embargo mi jefe me dejó claro que mi futuro en la empresa estaba vinculado a mi actitud y eso significaba tener que asumir que tenía que estar disponible también cuando no estaba en la oficina.

Las vacaciones de hace dos años fueron aterradoras.
Cada día surgían problemas en el trabajo y me llamaban para que los solucionara.
Estar con Julia en un hotel en Venecia enganchado al móvil y trabajando con el portátil conectado a mi empresa, no era, precisamente, la idea que yo tenía sobre unas vacaciones.
Julia empezó a tener verdadero pánico al móvil y cada vez que me distraía, lo apagaba.

Luego tenía que explicar que habíamos estado visitando lugares en los que me hacían apagar el móvil ó que no tenían cobertura.
Cuando terminaron aquellas vacaciones Julia me dio un papel. En ese papel había un número escrito. El noventa.
- ¿Qué es ese número?.
- Son el número de horas que has dedicado al trabajo en estas vacaciones. Y son horas que no te pagan, por cierto. En la parte trasera de este papel hay una lista - dio vuelta al papel y empezó a leer -. Nos han interrumpido cinco cenas, siete polvos, cuatro excursiones guiadas que ya habíamos pagado, ocho comidas...
- ¿Todo eso? - contesté asombrado.
- Si. Y además has empezado a roncar por las noches, por culpa del estado de ansiedad que te ha creado el puto móvil.
- Pues tenemos que hacer algo, Julia. No estoy dispuesto a tener otras vacaciones como estas.

El año siguiente me cambiaron el móvil por una Blackberry. Así no tenía que conectar el portátil para consultar mi correo, que recibía directamente en ese dispositivo.

Desde entonces, cada año, antes de salir de vacaciones, Julia llama a la compañía telefónica y se informa de aquellos países en lo que no da cobertura telefónica.
Luego, comunico a mi jefe que voy a un país que carece de cobertura y nos vamos al destino que hemos elegido.
Eso si...
El portátil y la Blackberry se quedan en casa apagados.

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La Prepotencia del RACC

RACC: Real Automóvil Club de Catalunya. Ofrecen asistencia en carretera, seguros, talleres, recursos de multas e incluso una vajilla de veinte piezas si te das de alta antes del 31 de Octubre.

Año 2006.

Recibo una carta del RACC en la que se me comunica que van a ceder mis datos a otras empresas.
Si no está de acuerdo - me dice - llame al 902 452 452.

Inmediatamente voy a las oficinas del RACC y me doy de baja, por no estar de acuerdo con la política de "quien calla, otorga". Mantengo, eso si, el seguro del coche, contratado con ellos años antes.


Año 2009, Febrero.


Recibo escrito del RACC.
Me agradecen la confianza depositada en ellos y me comunican que han decidido premiar esa confianza.
Si usted no indica lo contrario antes de un mes al 902 452 452, le volveremos a hacer socio para que pueda "disfrutar" de las ventajas de pertenecer a dicho club.


No contesto al escrito, ni llamo al teléfono que me indican. Me limito a indicar a mi banco que no paguen nada que provenga del RACC. Busco y contrato otro seguro (por cierto mucho más barato que el del RACC y que me ofrece una asistencia igual ó mejor).


Año 2009, Agosto.

Recibo otra carta del RACC.
Me comunican el vencimiento del seguro de mi vehículo y también del CARNÉ DE SOCIO DEL RACC.


Entiendo que esa gente ya no sabe como hacer para ampliar el número de socios y ha de recurrir a maniobras de dudosa legalidad para conseguirlo.


Por favor, señores del RACC: ¡Dejarme en paz!.

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domingo 26 de julio de 2009

Omar, el piloto

Cuando el avión alcanzó la altura de navegación y apareció el rótulo indicando que los pasajeros podían desabrocharse los cinturones, el dictador se levantó de su asiento y fue saludando a sus pasajeros.


Todos ellos eran empresarios. El norteamericano era el principal vendedor de armas, que sustentaban a un ejército que mantenía en el poder al dictador.

El alemán presidía una empresa farmacéutica que utilizaba a la población para probar sus nuevos medicamentos y también era el principal proveedor de las semillas transgénicas que los agricultores tenían obligación de utilizar. Años antes, los agricultores eran capaces de cultivar lo suficiente para alimentar a todo el país. Sin embargo, desde que la empresa farmacéutica, con ayuda del ejército, obligó a los agricultores a sembrar soja en toda la superficie agrícola, la miseria y el hambre se extendió por todo el país.

El francés pertenecía a la empresa explotadora de las minas de cobre del país. Gracias a la tecnología aportada por la empresa y a lo barato de la mano de obra, esclavos que no tenían más remedio que trabajar para poder comer, habían vaciado prácticamente todos los yacimientos. El dictador solía hacer broma con el empresario, diciéndole que con empresas como la suya, no era necesario el control de natalidad ya que, debido a las inexistentes medidas de prevención, los accidentes eran muy frecuentes.

El suizo era el director del banco que gestionaba las cuentas del dictador. Allí iban a parar todos los beneficios de las empresas que explotaban el país.

El italiano era el director de una ONG que cooperaba ayudando a la población del país. Por desgracia, los sueldos de los directivos de la asociación y los sobornos que tenían que dar al dictador, dejaban las ayudas, que los ciudadanos europeos aportaban, en apenas nada para el país.

Por último un austríaco, CEO de una multinacional responsable de las muertes del cincuenta por ciento de recién nacidos en el último año. Su campaña para convencer a las madres para que utilizaran el producto de la multinacional, en lugar de dar el pecho a los bebés lo había provocado, ya que el agua del país era escasa y en muchos casos contaminada.

- Bueno – dijo el dictador -. Dentro de una hora aterrizaremos en la capital. Por cierto, no os he dicho quien es el piloto del avión.
- ¿El piloto del avión?. ¿Lo conocemos? - dijo el alemán.
- ¿Será una mujer, de esas tan buenas que nos proporcionas cuando estamos en tu país? - dijo el francés -. Nunca he tenido relaciones en la cabina de un avión.
- No. No se trata de eso – contestó el dictador riendo -. El piloto es mi hijo. Omar. Tiene treinta años y se aficionó a la aviación. Yo le pagué la carrera de piloto. Lo hace muy bien, por cierto.
- Pues no sé si tendrá algo que ver – dijo el americano, que estaba mirando por la ventana – pero de una de las alas está saliendo un chorro de líquido.

El dictador se asomó.
- A ver... Anda. Pues es cierto. Supongo que habrá una razón para ello. Voy a preguntar.

Cuando llegó a la cabina, el dictador no notó agitación alguna. Todo estaba tranquilo. Su hijo estaba leyendo una revista. Se fue a sentar a la silla del copiloto.
- ¿Cómo es que no llevas copiloto?.
- Ah. Hola padre. Pues no. Le he dicho que se quedara en el aeropuerto con su novia.
- ¿Y si te pasa algo?. ¿Quien pilotaría el avión?.
- Tu, padre. Tu sabes pilotarlo.
- Es verdad. Tienes razón. Por cierto. ¿Que es ese chorro que sale de las alas?.
- ¿Chorro?. ¡Ah, si!. Es gasolina. Estoy vaciando los tanques.
- ¿Para qué?. ¿Quieres ganar velocidad para llegar antes?.
- No. Digamos más bien que no quiero llegar.
- ¿Cómo?. ¿Qué me estás diciendo?.
- Simplemente quiero hacer algo bueno por mi pueblo, por mi país.

- ¿Matándome?.
- A ti y a esa pandilla de degenerados que llevas en el avión.
- Pero... ¡Soy tu padre!.
- Adoptivo, por cierto. Primero mataste a mis padres y hermanos, para hacerte con el control de la tribu y luego hacerte con el poder del país.
- ¡Pero!...
- Ahora estás matando a tu pueblo. Y estás arruinando al país.
- ¿Piensas que me sustituirá alguien mejor que yo?. ¡No tienes idea de los buitres que hay en el palacio!.
- Bueno. A estas alturas, ¿qué más da?. No creo que sea un tema que deba importarnos a ti y a mi.
- ¡Tengo que parar esta locura! - miró los indicadores del avión -. ¡Estamos a cero de combustible!.
- Bueno... Nos quedan un par de minutos. No tendrás ni tiempo para perder altura y forzar un aterrizaje...

El dictador se levantó y salió de la cabina, sin decir nada a su hijo. Luego se sirvió una copa de Champán y se sentó.
- ¿Todo bien, general?.
- Todo bien.
- Pues está parando uno de los motores – dijo el americano mirando por la ventana.
- Si. Y ahora el otro – dijo el austríaco.
- No pasa nada. Disfrutar del silencio.

Los empresarios intercambiaron miradas y luego buscaron los ojos del dictador.
Estaba riéndose a carcajadas.

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domingo 19 de julio de 2009

El precio de la mentira

A fructibus cognoscitur arbor.


- ¡Alguien ha descubierto lo de las marcas blancas! - dijo el director de la multinacional.

- ¿Marcas blancas?. ¿Qué pasa con las marcas blancas? - contestó la directora de comunicación -. Nosotros no fabricamos marcas blancas.
- Oficialmente no. En realidad la mitad de nuestra producción se basa en marcas blancas.
- Pero si llevamos casi un año diciendo en nuestra publicidad que no fabricamos...

- Si que fabricamos. En estos tiempos se trata de la única manera de vender.
- Y ¿quién nos ha descubierto?. ¿Se ha ido alguien de la lengua?.
- No. Ha sido algo peor – contestó el director -. Un comprador ha descubierto una cucaracha en un tarro de café soluble y lo ha denunciado a una asociación de consumidores. Y éstos han tirado del hilo...
- Voy a reunir al comité de crisis – dijo la directora de comunicación -. Esto hay que pararlo ya.

- Dos días más tarde en una sala de reuniones la directora de comunicación se reunió con sus subordinados.
- ¿Y bien?. ¿Cómo están las cosas?.
- Lo hemos parado – contestó Ricardo -. El cliente ha recibido una buena cantidad de dinero por olvidarse de la cucaracha. Nos ha dicho también que envió fotos a un periódico y a una web.
- Yo me he encargado del periódico. Tomás Sánchez, el redactor jefe, es amigo mío – dijo Julia -. A cambio de un buen coche, está dispuesto a no publicar nada.

- ¡Menos mal que es amigo! - dijo la directora -. Si llega a ser enemigo, ¿qué hubiera pedido?. ¿Que habéis hecho con la Web?.
- De eso me he encargado yo – contestó Alex -. He tenido que mover a un grupo de crakers para que llevaran a cabo un ataque contra la web. No han tenido demasiado problema para acceder al servidor y hacer una buena limpieza. Para que no se notara demasiado, han eliminado ésta y otras doscientas webs que estaban ahí alojadas. La juerga de estos chicos nos va a costar unos cien mil euros.
- No está mal. ¡Vaya pastón! - dijo la directora -. Y yo me he encargado de la asociación de consumidores. Afortunadamente es una organización montada por un partido político. Lo que he tenido que hacer ha sido hablar con mis contactos en el partido y amenazarlos con airear los muchos sobornos que les hemos dado.
- ¿Sobornos?. ¿La multinacional da sobornos? -. Preguntaron todos al unísono.

- Desde luego. ¿Para qué creéis que tenemos una oficina en la capital?. Pues para obtener favores, para conseguir ventajas, para influir en las decisiones del gobierno... ¿Cómo creéis que hemos conseguido entrar en las asociaciones empresariales en las que estamos?. ¿Cómo creéis que nuestro director ha conseguido presidir consejos de administración de tantas empresas y asociaciones?. ¿Cómo creéis que conseguimos acallar las noticias que nos acusan de poner transgénicos en nuestros productos?. ¿Cómo pensáis que hemos conseguido formar parte de tantas asociaciones benéficas, sin cambiar un ápice nuestra política y pasándonos por la entrepierna el RSC?. Bueno. A lo que iba. Nuestro político hará lo que sea para conseguir que la asociación de consumidores nos olvide completamente. Y si no lo hace, el ruido mediático que vamos a hacer con él, va a acallar cualquier noticia sobre un escarabajo en uno de nuestros productos. Al fin y al cabo, llevamos años dedicados a comprarle todos los trajes que lleva...
- Pero. ¿No descubrirán, si empieza el revuelo, que la multinacional está detrás de todo?.
- No. Los trajes los compra una empresa que creamos para eso, hace ya años, sin vinculación a la multinacional.


El director leyó la hoja que contenía los gastos llevados a cabo por el comité de crisis.
- No nos ha salido barato – comentó.
- El doble juego no es precisamente barato. Mientras nuestros comunicados vayan en una dirección y nuestra política por la contraria, tendremos que pagar por mantener a la sociedad en la ignorancia. Siempre hay deslices y ese es el propósito del comité de crisis.
- Muchas gracias. No sé que hubiera hecho sin ti – dijo el director.
- Eso es para lo que me pagas. Te dejo, que tengo que hacer otro trabajito.

- ¿De qué se trata?.
- Me ha llamado Ramona para decirme que va a empezar otra campaña de despidos masivos. Lo que tengo que hacer es crear una cortina de humo para que nuestro personal mire hacia otro lado, cuando esto ocurra. Hemos estado mirando opciones y creo que vamos a organizar un concurso.
- ¿Concurso?. ¿Sobre qué?.
- Daremos a todos los empleados un podómetro y les haremos formar grupos, para que compitan entre ellos. Ganará el grupo que consiga anotar un mayor grupo de pasos durante los próximos tres meses. Fecha en que ya habrá terminado la escabechina de Ramona.
- No es mala idea. ¿Podría participar?.
- Desde luego. Además, si te apuntas arrastrarás a muchos indecisos.



(RSC Responsabilidad Social Corporativa).

Marcas blancas: Se trata de productos envasados con la marca del distribuidor (y no del fabricante), por lo que tienen una excelente relación calidad/precio, en parte debido a que no soportan gastos de publicidad. A raíz de la crisis, las marcas blancas han aumentado las ventas.
Existen dos posicionamientos entre los fabricantes. Aquellos que están a favor de las marcas blancas y quienes están en contra.
En los medios de comunicación existe también una polémica acerca de este tema. Estar a favor de las marcas blancas puede significar la pérdida de publicidad, que el fin y al cabo es su sustento.
Viene a ser la marca blanca algo similar a los "medicamentos genéricos".

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lunes 13 de julio de 2009

Leandro y la editorial


- ¿Y bien, señor Agustín?. ¿Cuál es su veredicto?.

Sentados delante de sendas cervezas, en la terraza del bar de Santiago, Leandro González, director general de una pequeña editorial de libros y Agustín Torre, de la empresa consultora Grim S.L.

- ¿Sobreviviremos a la crisis? - preguntó Leandro González.
- Sin lugar a dudas – le respondió el señor Agustín - . Su empresa goza de una salud excelente.
- No sabe cuanto me alegro, Agustín. Me permitirá que le tutee, ¿verdad? - Agustín hizo un gesto afirmativo - . Pues no sabes las ganas que tenía de oír tu veredicto. No me apetecía nada tener que gastar dinero en cambiar mi empresa. ¿Sabes?. Me siento orgulloso de ella. Tiene muchas cosas mías.

- Aún así hay cosas a mejorar...
- Siempre hay cosas a mejorar. Dime. ¿Qué se podría hacer?.

- Bueno. Siempre he pensado que la crisis puede ser una oportunidad para mejorar. Y tu empresa es de las pocas que pueden aprovecharse de la situación. Por un lado debo decirte que deberías aumentar la tirada de libros. Con tres máquinas y veinte recursos humanos te da para sacar al mercado dos mil ejemplares. Si aumentaras el número de máquinas al doble, podrías imprimir no ya dos mil ejemplares... Podrías llegar a diez mil. Las máquinas han evolucionado y permiten triplicar la tirada. Así podrías reducir tu personal. He comprobado que el setenta por ciento de tus recursos tienen edades superiores a los cincuenta años.

- Entiendo. Sigue, sigue...
- La selección de autores y de contenidos de los libros es impecable. Se venden como rosquillas, te los quitan de las manos – continuó Agustín -. Pienso que deberías contratar a un comercial para que los coloque en más librerías y así vender el aumento de la tirada que te propongo.

- Interesante...
- También he observado que el margen que obtienes podría ser mayor. Estoy seguro de que podrías vender sin problemas tus libros al doble de su precio, sin que se redujeran las ventas. Quizás invirtiendo un poco en publicidad y otro poco en un buen estudio de mercado. Y no sería ninguna mala idea que abandonaras también esa idea que tienes de sacar libros electrónicos. Sería tu ruina. Piensa que un libro electrónico es un candidato para la piratería. Un único libro tuyo puesto en Internet y, a los dos días lo tendrían cien mil usuarios, sin haber pagado un euro. A no ser que pongas DRM, es decir alguna protección que evite la copia...

Leandro había tomado unas notas mientras Agustín hablaba. Apuró su vaso de cerveza y le hizo una seña a Santiago para que le trajera otra.
Se quedó pensativo, mirando sus notas. Cuando Santiago le trajo el vaso, bebió un trago y empezó a hablar:

- ¿Sabes, Agustín?. Esas tres máquinas que tengo en la imprenta, así como las encuadernadoras, son unas piezas de museo. Tienen unos setenta años. Son lentas, requieren papel bueno, que me hacen especialmente, por cierto. Las conservo y no las he cambiado, por una sencilla razón: la calidad.

Tomó un libro del montón que tenía sobre la mesa. Lo abrió y cerró unas cuantas veces. Luego lo puso boca abajo y lo sacudió un poco. Unas cuantas hojas cayeron al suelo.

- Evidentemente este libro no es de mi editorial – tomó otro libro e hizo lo mismo. No cayó ninguna hoja. Luego abrió ambos libros y los dejó abiertos delante de Agustín - .Este segundo libro si que es nuestro. ¿Notas diferencias en la impresión?. Si lo ojeas verás que todas las páginas son uniformes. En el otro libro advertirás variaciones; unas hojas más claras, otras oscuras e incluso algún que otro manchón de tinta.

Leandro miró la hoja.
- Capítulo “recursos humanos”. Yo trabajo con seres humanos. Mi empresa mantiene familias. Tengo la suerte de contar con unas personas que aman lo que hacen. Gracias a ellos, mis máquinas han sobrevivido una guerra. Gracias a ellos las máquinas están exactamente igual al día que mi padre las compró. Mis empleados se sienten valorados porqué son conscientes de la importancia de lo que hacen. No luchan entre ellos para obtener un ascenso, porqué les gusta lo que hacen. ¿Que son mayores de cincuenta años muchos de ellos?. Es cierto, pero eso les da el valor añadido de la experiencia. Habrás visto como está la imprenta: impecable. Otra cosa: hace muchos años que no tenemos que tirar pruebas defectuosas. Algunas veces han tenido que alargar la jornada y han intentado que yo no lo supiera para que no les pagara horas extras. Muchos de esos hombres son hijos de antiguos empleados. Y, todos ellos son también propietarios de la editorial y cobran sus beneficios. Conozco a las familias de todos ellos. He asistido a bodas, bautizos y entierros. Son mi familia y antes eran la familia de mi padre. ¿Cómo voy a prescindir de ellos, por querer ganar más dinero?.

Bebió un trago y continuó.

- Asunto ampliar la venta a otras librerías. Mi padre empezó el negocio y, poco a poco, fue haciéndose con una clientela de libreros a su imagen y semejanza. Se trata de personas que, como mis empleados ó yo mismo, aman su trabajo, aman la literatura. Y sus clientes son iguales a ellos. Éstos me escriben constantemente para darme sus impresiones sobre sus lecturas. ¿Quieres que mis libros se vendan en grandes almacenes, en gasolineras ó en grandes superficies?. No y mil veces no, Agustín. ¿Aumentar la tirada?. Si implica merma en la calidad, no rotundo. Eso anula también la publicidad y los estudios de mercado. ¿Subir precios?. ¿Para qué?. Obtenemos lo suficiente para que todos podamos vivir bien. Incluso y que esto no trascienda, desde hace tres años donamos un tres por ciento de nuestros beneficios a una ONG. Por último...

- Por último... -animó Agustín.
- Por último, los libros electrónicos. Estoy a favor de ellos. Cierto que nuestros libros serán pirateados, ya que no pienso protegerlos. Pero es una forma de hacer que todos tengan acceso a la literatura. Los estudiantes, los enfermos, los parados... Ten en cuenta que en la editorial tenemos una idea muy clara. Se trata de un principio que hemos aplicado siempre: editar libros de más de una lectura. Me refiero a esos libros que nos gusta releer varias veces a lo largo de nuestra vida. Son aquellos que con cada lectura nos hacen ver aspectos nuevos ó quizás volver a sentir lo mismo que en la lectura anterior. De ahí que seamos cuidadosos a la hora de editar nuestros libros. Queremos que el libro que editamos sea capaz de aguantar muchas relecturas a lo largo de los años. Yo mismo he leído muchos libros electrónicos, pero cuando encuentras aquel ejemplar que te emociona, que te conmueve, acabas comprándolo, porque sabes que lo volverás a leer a lo largo de los años. Por eso no me preocupa el libro electrónico. En realidad es una manera de darlo a conocer. Y si gusta, se venderá. Eso lo tengo claro.

- Tienes las ideas muy claras, Leandro. Entre nosotros, ojalá hubiera muchas empresas como la tuya. Capaces de valorar a las personas y no el beneficio.

- Pues viene por este bar una persona, director de una multinacional, organizador de un ERE, que está dejando en la calle a un montón de personas, a pesar de tener beneficios. No tienes idea del pastón que está gastando en publicidad interna, para intentar convencer a los trabajadores de que son el mayor activo de la empresa y bla, bla, bla. Te voy a dejar. Tengo que ir al bautizo del hijo de Ezequiel, el encargado del almacén. Envíame la factura por tu trabajo, Agustín.

- Creo que no lo voy a hacer. Si no tienes objeción, envíame cinco de los que consideras los mejores libros que hayas editado.

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